El benefactor (Cuento)

Lo inconfesable no es lo que no se confiesa, sino aquello que no hay confidencia que lo revele, ni a si mismo, ni al terapeuta, ni al ser querido.

Maurice Blanchot

Besa la estola y la cuelga en la sacristía haciendo una última recorrida por el templo antes de cerrar las puertas y postigos. Una genuflexión frente al Jefe, la rápida señal de la cruz y la salida por una puerta lateral hacia el patio , donde los aromas de los morrones asados penetran mas que el jazmín que ya está en flor. Entra a la cocina mirando de reojo la plancha que chilla  en la mágica fusión de un diente de ajo más las rodajas de aji y cebolla que se doran alrededor de un generoso bife de cuadril. Olores, colores y sonidos.

  • Lávese las manos Padre que ya casi esta su almuerzo, le dice la matrona de grandes caderas.

Sin hacerse rogar llega hasta el lavabo pensando en ese bife, que empujará con su jarrita de tinto antes de que llegue la siesta, que tiene bien merecida.

El teléfono que suena un par de veces y la voz de Emilia que atiende con tono severo, como para mostrar lo inoportuno de la hora. Sin embargo la inflexión de la voz se torna amable, como una tortilla que se da vuelta en el aire. Mientras, él se acerca secándose las manos, ella tapa la bocina del teléfono y haciendo un rictus muy expresivo le pasa el tubo.

  • Es Monseñor…

Piensa que es martes, no es noche de encuentro.

  • Mi querido Obispo, ¿que cuitas lo mueven a usted en un horario tan inoportuno como el almuerzo?
  • José María, ya es hora que pases algún almuerzo por alto, que esa barriga te esta creciendo como un embarazo de término
  • ¿Que placeres le quedan a un pobre cura trabajador si no son los que brinda la buena mesa?
  • Y el buen vino estarás pensando, ja , ja
  • No tan bueno como el que se sirve en su mesa, señor Obispo
  • Bueno, bueno, si vamos a decir verdad, es el vino que tú te tomas sentado a mi mesa. Pero mi llamado no es por sociales mi querido cura.
  • Lo daba por descontado Monseñor, en este horario debe ser por trabajo.
  • Así es. No sé si te ha llegado la noticia, pero esta madrugada ha fallecido Inocencio Lafuente. Algo realmente inesperado.

Se hizo un silencio breve pero pronunciado

  • Según parece un infarto. Su hijo me contó que la mujer se dio cuenta cuando lo fue a despertar para desayunar. Un hombre que no llegaría a los setenta….en fin, una muerte blanca digamos. Lo concreto es que me pidieron el favor de llamarte para que te hagas cargo de despedir sus restos mañana, cuando lo entierren. ¿Hace mucho que no lo veías?
  • Si… hace unos años, desde que dejé la Parroquia.
  • Mirá vos, pensé que se veían porque él, me consta, te tenía siempre muy presente. La verdad es que creí que se frecuentaban.
  • No, frecuentar no …bueno, en realidad la relación de un feligrés y un cura….
  • Bueno, diría algo mas que un feligrés. Sin Lafuente no tendríamos La Iglesia de los Milagros terminada y la escuela parroquial no se si funcionaría sin lo que ha sido su apoyo estos años. Hoy tenemos más de trescientos alumnos. El hijo, que me llamó hoy para avisarme, sin que yo le preguntara nada, me dio a entender que el padre había tomado los recaudos para que el apoyo de los Lafuente siga aunque él no esté. Ojalá tuviéramos mas fieles así ¿no?

Nuevamente el silencio.

  • Bueno, el entierro es mañana a las diez. ¿Está bien?
  • ¿Y el Padre Luis? Creo que como Párroco de los Milagros debería hacer el servicio.
  • José María, José María …. mirá que sos vueltero. La familia Lafuente te quiere a vos y Luis no tendrá ningún problema al respecto, yo lo hablo. Mirá, si fuera otro caso lo dejaría a la decisión de ustedes, pero acá estamos hablando de un benefactor de la diócesis. Si no tenés quien te lleve te mando un auto a las ocho para que te pase a buscar , te espere y te devuelva a tu cueva.

El silencio breve se hizo penoso

  • Ya lo hemos hablado tantas veces José María… sin vocaciones y sin fieles que sostengan el culto la iglesia se vuelve anémica. Querido amigo ¿puedo contar con vos?
  • Bueno Monseñor, usted manda, arregle que me vengan a buscar temprano

No le sentó el almuerzo. Tampoco concilió el sueño en la siesta a pesar de haber sido generoso con el vino. Por fin se levantó y se encontró solo, con el mate en la mano, bailando con los recuerdos en la cocina.  La imagen de Inocencio Lafuente despertaba muchos recuerdos adormecidos por el paso del tiempo. Hombre de atributos en el campo de los emprendimientos. Su sola presencia garantizaba el éxito de cualquier empresa. En los últimos años su figura había crecido. Si se requería apoyo para ser concejal o intendente, si había que poner en marcha la construcción de un templo, una escuela o una sala sanitaria, si había que gestionar con la provincia el arreglo de una ruta, lo único que hacía falta era contar con Inocencio Lafuente.

Ya lo decía el Obispo, este hombre era el benefactor de los Milagros.

Sin embargo, hoy quedaba comprobado, que al igual que cualquier mortal, de carne somos y un día, tarde o temprano, los gusanos se hacen cargo de ella, liberando el alma para que ésta se enfrente cara a cara con el Jefe, para el Juicio final. Ahí debe estar precisamente ahora don Inocencio, sin otro valor para exponer mas que su historia de vida.

Se preparó para la misa de siete y aprovecho la lectura del evangelio de Juan 10:10 para que la homilía, breve y sentida, fuese una introspectiva reflexión sobre cómo darle un sentido a la vida, saliendo de la intrascendencia de lo coyuntural y centrando toda la atención en lo único realmente imperecedero, el amor. Juan siempre ha sido su debilidad. Un paso rápido por la sacristía y luego las salutaciones de rigor en el atrio con el par de santurronas que siempre están. Un grupito de jóvenes se quedan en un saloncito contiguo a la casa parroquial, organizando la participación en la peregrinación de octubre, mientras que él se recluye en su habitación tratando de darle un orden a sus ideas, y sobre todo a sus recuerdos. Luego pica algo que le ha preparado Emilia. Juega con la última copa de vino, la bebe lentamente mientras escribe en una hoja un par de conceptos para el entierro.

Doce años atrás, Inocencio Lafuente hacía la donación mas importante que la diócesis había recibido en sus ciento tres años. El objeto era terminar la construcción del templo y la puesta en marcha de una escuela parroquial. Meses después el Padre José María Cortijo solicitaba el cambio de parroquia.

  • Querido José María, decía el Obispo, sería bueno que te quedes a terminar tu obra. Esta donación te permitirá aportarle mucho a tu comunidad. Has sido el principal artífice de esto, no hace falta que justo ahora hagamos un cambio. De más esta decirte que la Iglesia espera mucho de vos y que este puede ser un escalón importante de tu vida sacerdotal.
  • Usted dispone, es mi Obispo, yo apenas un cura párroco. De todas formas a mi me haría bien un cambio de aire. Se que puede sonarle raro, pero la verdad es que lo venía pensando de tiempo atrás. He cumplido una etapa y quien me siga vendrá con otra fuerza.
  • Voy a ver que cambio podemos hacer. No va a ser difícil conseguir quien quiera venir a reemplazarte. Esta pasa a ser una Parroquia cotizada. ¿Estas pensando tomarte algún descanso? ¿no te sentís bien?
  • No, nada de eso. Solo quiero cambiar de lugar. Quiero salir de la ciudad. Si el ego crece demasiado se pierde el foco en nuestro servicio ¿no es lo que siempre repite Monseñor?
  • Por supuesto que lo digo  y lo creo, pero tampoco es bueno desperdiciar los dones para perderte en un pueblito dormido. Creo que estas desperdiciando tu potencial. Acá podes hacer tu aporte a una Iglesia que necesita mantener el compromiso de los creyentes. ¿No querés pensarlo un poco más?

La noche se hizo cortada. Se levantó un par de veces a orinar y otras tantas manoteó el despertador para ver la hora. Por fin cansado de no poder descansar, optó por levantarse y preparar unos mates.

Otra vez solo en la cocina y sin que aún despertaran las primeras luces del día, no pudo evitar imaginar a la familia Lafuente junto a la comunidad parroquial haciendo un acompañamiento final al patriarca, que enfundado en un traje oscuro estaría yaciendo frío, lívido e inerte, dentro de su ataúd.

La memoria se sumergió en aquellos tiempos en que desde el púlpito solía arengar a su rebaño a convertirse en una comunidad solidaria, sustentada en el amor al prójimo. La finalización de las obras del Templo del Jesús de los Milagros era el desafío por el que bregaba cada día. Era su compromiso con el Jefe desde que se hizo cargo de la Parroquia. Cada colecta, cada quermese o rifa era pensada en más ladrillos para la obra.

Recordaba la excitación del día en que la mujer de Inocencio Lafuente lo invitó a almorzar un domingo de Pascua, para interiorizarse, según decía, en el proyecto del templo. Ese día conoció al hombre de los grandes negocios, quizás el agente inmobiliario mas importante de la provincia. Sintió que el Jefe le daba una oportunidad para no desperdiciar.

Recordaba al patriarca sentado en la cabecera con su mujer a la derecha y su madre octagenaria a la izquierda. El resto de la mesa para sus cuatro hijos ya bien crecidos, dos mujeres y dos varones. El mayor ya tenía injerencia en los negocios familiares. Al cura le habían cedido la otra cabecera.

La charla amena y abierta sobrevolaba libre por la Iglesia de Karol Vojtyla, el gobierno radical,  los juicios a los militares. Se respiraba dialogo y respeto por las ideas.

  • Cuéntenos Padre como van las obras de la Parroquia, le abrió el juego Lafuente

El proyecto, los avances, los sueños de la escuela parroquial. El entusiasmo del desafío.

La esposa estimuló a Lafuente a colaborar.

La sobremesa los fue dejando solos, a ellos dos, ya uno sentado junto al otro,  degustando una última copa de vino.

  • Lo voy a ayudar Padre. Usted ha hecho muchos méritos para recibir una mano. Déjeme ver como encaminar la cosa.
  • No sabe lo importante que es contar con su apoyo Inocencio. En esta ciudad todos sabemos lo que vale su nombre, su palabra.
  • Le agradezco el concepto en que me tiene Padre, y si bien en cierta manera estoy de acuerdo con la influencia que usted me atribuye, no dejo de ser un hombre que también tiene sus limitaciones. De eso se trata la vida en definitiva ¿no?, de pelear contra nuestro lado frágil.
  • Somos humanos, criaturas perfectas en el plan del Señor, frágiles e imperfectas cuando quedamos a disposición de nuestras venalidades.
  • Así es Padre. Esta charla con usted me predispone de una manera especial. Hay algo que vengo pensando desde hace un tiempo. No quiero incomodarlo en este momento, pero usted sabe, me genera usted tal respeto y confianza, que sin querer abusar de usted, quería preguntarle si quizás ¿usted podría confesarme?
  • Por supuesto Inocencio… pero ¿Aquí dice usted? ¿ahora?
  • Bueno, si a usted le parece. No me ha resultado sencillo pedírselo. Si a usted no lo incomoda podríamos salir al parque y sentarnos allá debajo de la pérgola. Mi mujer sabe que en mis reuniones de trabajo si elijo ese lugar es porque no quiero ser interrumpido.
  • Sí, me parece apropiado, contestó un tanto sorprendido pero sin querer desairar a su anfitrión.

Para sus adentros pensó “Bien vale Paris una misa”. ¿Que podía molestar una confesión fuera de agenda? A veces las almas encuentran un instante en que están desbordadas y se abren como una flor. ¿De que mejor manera podía retribuir la generosidad de Inocencio Lafuente?

Entra Emilia con una bolsa de verduras de la que afloran los tallos largos de un par de plantas de apio.

Por un momento se detiene la memoria y se esfuman los recuerdos.

  • Afuera hay un remis que dice que lo esta esperando Padre
  • Gracias Emilia. Avísele que me espere un par de minutos. Cualquiera que venga a buscarme dígale que hasta la tarde no vuelvo
  • Quédese tranquilo que yo me encargo ¿No va a estar para almorzar?
  • No estoy seguro. Voy a hacer un servicio a la ciudad y es posible que me demore un poco allá
  • Bueno, le dejo un panaché de verdura por si viene con hambre. No le voy a comprar pan. Lo vamos a poner a régimen Padrecito, porque le esta creciendo mucho esa panza. Tengo que cuidarlo un poco.

El remisero le abrió la puerta trasera con un gesto protocolar. Se notaba que estaba educado en los códigos diocesanos. El Obispo tenía como gran cualidad el saber seleccionar a su gente. Por eso quizás, él valoraba el haber sido elegido dentro del grupo de curas con los que se buscaba mover la diócesis. De los pocos estímulos al ego que aceptaba sin culpa. Una vez por semana, dejaba el pueblo para ir al quincho del obispado, que se abría a un grupo de oración, reflexión y buena mesa.

El camino a la ciudad le volvió a traer el recuerdo de aquella tarde de primavera.

El penitente y el religioso dispuestos a recrear el sacramento de la reconciliación, ese que le permitió al ladrón crucificado junto al Jefe el entrar por la luminosa puerta del cielo. “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”

  • Usted dirá Inocencio
  • Verá Padre, hace demasiados años que no me confieso, quizás haya perdido un poco la práctica.
  • Es sencillo. Empiece por donde le parezca. El Señor es misericordioso y se alegra de abrazar nuestras almas pecadoras.
  • Bien, empecemos entonces.

Se quedó mirando las ramas  que cubrían la pérgola como buscando inspiración.

Suspiro ligeramente y abrió sus compuertas                                                                         

  • Los negocios me han enseñado cuando hay que ir al grano. Es un tema puntual el que me ha mantenido a distancia de la fe durante este tiempo y la verdad es que usted es quien me ha dado deseos de reconciliarme espiritualmente. Racionalmente hace un tiempo largo que me he aceptado tal como soy, pero pretendo si es posible, recuperar el diálogo con Dios.

El cura acostumbrado al metié de la confesión hizo silencio para permitir que esa alma se abriera. Saber escuchar es crucial en la profesión. Del resto se encarga el Jefe.

Inocencio inició su catarsis.

  • Hace unos quince años atrás encaramos con unos socios el proyecto inmobiliario mas ambicioso de la ciudad. Viendo la falta de propuestas interesantes, decidimos invertir la mayor parte de nuestro capital para construir lo que es hoy el complejo “El mirador”, un lugar pensado para gente con ganas de mantenerse conectada con la naturaleza.

El cura hizo un gesto como sobrentendiendo de que le estaba hablando.

  • Hoy, es un lugar hermoso sobre la laguna, pero en ese momento ese pajonal, era el sueño de tres locos que creíamos en el progreso. Nos costó mucho conseguir las habilitaciones, permisos, fondos, lo que nos puso en algún riesgo ya que necesitábamos avanzar por los compromisos con bancos y clientes. Un par de semanas antes de iniciar las obras, unas decenas de personas aparecieron de la nada y armaron una toldería en los terrenos. Se puede imaginar la desesperación que nos agarró. Hablamos con un fiscal, con la policía, con gente del regimiento y nadie nos podía dar una solución formal en dos semanas. Encontramos, o nos buscaron, gente habituada a manejarse con este tipo de situaciones que se ofreció a ayudarnos a despejar el lugar. Lo hable con mis socios y resolvimos llevar algo de dinero e intentar negociar para que se fueran. Si no lo lográbamos teníamos el respaldo de esta gente que iría preparada para sacarlos por la fuerza. Así lo hicimos, o mejor dicho así lo hice. Uno de mis socios desistió de participar porque sufría del corazón y el otro no apareció a la hora que nos habíamos citado. Tuve que ir solo con un grupo de unos quince individuos que podríamos catalogar, como matones. Al ver el manejo de su jefe me hice a la idea que la presencia de ellos allanaría cualquier intento de resistencia y me sentí seguro. Recuerdo que fue al atardecer. Llegamos al lugar y apenas estacionamos aparecieron tres tipos de mala traza que con unos palos estaban custodiando el ingreso. Uno de ellos vio que estaban en inferioridad y dio la orden de ir a buscar al resto, pero no alcanzaron a hacerlo. En segundos el grupo les cayó como un rayo. Los que venían conmigo se abalanzaron sobre los tres. En el forcejeo se escucho un estampido. Frente a mi se desplomó uno de los ocupas con un agujero en la panza, mientras los otros eran maniatados. Sentí pánico. En ese momento una voz de mando dio la orden de matar a los otros dos y ahí grité que pararan.
  • Escúcheme doctor, escúcheme bien, dijo el que manejaba el grupo. La cagada está hecha y si no hacemos las cosas como corresponden usted irá en cana ¿me entiende?
  • Pero no podemos matar gente.
  • A ver si entiende doctor. Ya matamos uno, por dos mas no habrá diferencia. Si los deja vivos mañana usted va en cana ¿me entiende?

Estaba paralizado.

Vi como ejecutaron a los otros con un tiro en la cabeza a cada uno. El que daba las ordenes me puso una capucha al igual que hizo el resto para no ser reconocidos. Recuerdo esa bolsa en la cabeza y aún hoy siento que no puedo respirar. El alboroto atrajo algunos, pero al ser recibidos a los tiros empezó el desbande. Sentí gritos de mujeres, llantos de chicos. Quise dar un paso atrás, quise gritar que pararan, pero me quede inmóvil, mudo, sin poder creer lo que estaba pasando. Rápidamente se hizo de noche y vi como una gran fogata se alimentaba con las cosas mugrientas que esa gente abandonaba en la huida. Volví a casa temblando poco antes de que amaneciera. Al día siguiente el lugar estaba desalojado y no había rastros de los cuerpos. Quedaron enterrados aquí, en mi cabeza, para siempre. No se como se llamaban, ni de donde eran, ni porque eligieron ese lugar para meterse, ni que pensaban hacer. Tampoco averigüé. Simplemente los enterré. Durante días no me anime a tocar a mi mujer o a mis hijos. Cada mañana me levantaba con la imagen de los fusilamientos y el temor a que me viniera a buscar la policía. Creo que ese era el mayor temor. Cada día era un calvario y yo era apenas una sombra. Creo que la culpa me devoraba por dentro y sobre todo el temor de que alguien me delatara. Pero eso nunca ocurrió. Pague bien el silencio de los que hicieron el trabajo y me preocupé de que se mantuvieran gratificados. Con mis socios acordé no hablar nunca de lo que ocurrió. Ellos no preguntaron más que lo necesario y jamás hablé con nadie, hasta este momento, de los detalles de esa noche. Unos días después empezamos el mayor emprendimiento inmobiliario de la ciudad convirtiéndonos en el grupo mas poderoso de la provincia. Me llevó tiempo conciliar en soledad la realidad que me tocó vivir. Creo que con mucho esfuerzo pude por fin asumirla y aceptarme tal como soy. 

             – ¿Has sentido arrepentimiento Inocencio?

El remisero detuvo el auto frente al cementerio privado. Varias hectáreas de verde pradera perteneciente a los Lafuente.

  • Padre, llegamos temprano ¿quiere que baje a preguntar donde es el entierro?
  • No hijo, gracias. Conozco el lugar. Espéreme aquí que cuando termine yo lo busco.
  • Acá tiene el numero de mi celular, le dijo extendiéndole un papel
  • No hace falta, porque yo no uso celular.

Un empleado del cementerio lo acompañó a la capilla donde debía aguardar al cortejo fúnebre. Un templo vidriado con una hermosa cruz detrás del altar.

En la sacristía sacó sus enseres de un bolsito, se colocó la casulla y se arrodilló frente a la cruz.

Los recuerdos lo invadieron nuevamente sin pedir permiso

  • Lo importante Inocencio es el verdadero arrepentimiento. Quizás nada se compara al dolor de sesgar una vida humana y nada nos separa tanto de Dios. Pero no hay nada que no merezca su perdón si hay arrepentimiento. Hasta el mismo David supo lo que era mancharse las manos de sangre.
  • ¿Qué es el arrepentimiento Padre? ¿es sufrir el recuerdo de ese día? ¿eso es arrepentimiento? Si fuera así estoy arrepentido, o estuve arrepentido, porque el tiempo tiene cierto efecto anestésico.
  • Si… y no, Inocencio. El sufrimiento es bueno porque nos impulsa al arrepentimiento, pero este se ubica en un escalón superior. Estar arrepentido es reconocer que uno ha estado errado, estar dispuesto a enmendar y a no repetir el pecado cometido. El dolor es solo expresión de la culpa. Por eso no es buena la autojustificación. Es como desviarse en un camino que no lleva a ninguna parte y que nos aleja de la verdad.

Un gran silencio se hizo.

  • Me resulta imposible mentirle Padre y decir lo que puede resultar cómodo. En estos años he pensado mil veces la situación y no se me ocurre que pudiera haber tenido una solución muy diferente a mano. Los Reyes Católicos hace seis siglos hicieron el mayor desarrollo inmobiliario en este continente. Ocuparon cada hectárea de tierra regándola con sangre de los indios. Los mismos curas se encargaron de bendecir la masacre de muchos en pos de la fé. ¿Se arrepintieron los dominicos acaso? Supongo que habrán dicho, lástima que estrangulamos a Atahualpa, lástima que quemamos toda expresión de su cultura, pero … teníamos que hacerlo. Siempre alguien tiene que mancharse de sangre hasta el cuello para abrir el camino que lleva al progreso y que beneficia a la mayoría. En este caso ese alguien, tuve que ser yo, no por elección sino porque la vida me puso ahí. Y tenga claro Padre, que me hubiera gustado no estar.
  • Entiendo Inocencio, pero sin arrepentimiento, no puede existir el perdón…
  • Es una lástima Padre….es una lástima.

Decenas y decenas de autos comienzan a llenar la playa de estacionamiento, mientras el coche mortuorio seguido por incontables coronas se aproxima a la capilla.

Dentro de quienes se ubican en las primeras filas se distinguen el intendente de la ciudad, funcionarios y miembros de familias caracterizadas que hacen corrillos esperando que la viuda y sus hijos ocupen su lugar.

Cuando todos ya están, el féretro es ingresado por el centro de la nave hasta ubicarse frente al altar, detrás del cual se emplaza la hermosa cruz.

La viuda se apoya en el hijo mayor mientras una de sus hijas mujeres la toma de la cintura y la hace sentar en el primer banco.

El cura se para frente al féretro y abre su biblia.

Ha elegido una lectura de Juan, el predilecto. La primera lectura, la que insta a amarnos los unos a los otros.

Termina de leerla y mira las líneas escritas en un papel.

Cierra el libro. Al levantar la mirada solo puede mirar el féretro y siente una atracción irrefrenable a tocarlo.

Habla del amor del Padre, que nos espera del otro lado del camino. Habla de la vida eterna. Habla de la morada final hacia la cual todos vamos.

Sin embargo su mente solo piensa en quien yace dentro del féretro.

Bendice.

Da por fin un paso hacia delante y apoya su mano sobre la tapa del ataúd, como queriendo atravesarla para llegar a la frente lívida, fría e inerte de Inocencio Lafuente.

Lo enlaza con el difunto el recuerdo del último encuentro en vida, aquella noche en que la comunidad, conmovida por la decisión del cura de dejarlos, le daba la despedida

  • Disculpeme Padre, pero me enteré que fue usted quien le pidió al Obispo el traslado, y no he podido dejar de pensar que quizás ha sido por mi culpa.
  • No Inocencio, en esto no hay culpa suya. Hay un plan divino y en él cada uno de nosotros tiene un rol. Terminar este templo es bueno para la comunidad, ha sido el sueño con el que lleve adelante mi vocación de servicio a todos ellos. Esto será posible gracias a usted. Sin embargo no he podido hacerme a la idea que en la historia de estos ladrillos se mezcle sangre de gente que ni siquiera he conocido. Comprendí que quizás lo que el Jefe desea de mí, es que sea quien exprese el verdadero arrepentimiento. De alguna manera el conocerlo ha dado un sentido diferente a mi servicio. Necesito expresarlo, en nombre de todos, por mi, por usted, por cada uno de quienes formamos la Iglesia. Escúcheme bien Inocencio, quiero estar arrepentido también por los curas que fueron y por los que seguramente van a venir. Quiero estar arrepentido porque necesito que todos tengamos perdón. Si el Jefe murió en la cruz para redimirnos a todos ¿porque alguno de nosotros no podamos enterrarnos en algún lugar a vivir una vida callada en acto de arrepentimiento por todos? Yo soy de los que están convencidos que nos salvamos o nos perdemos en racimo. En el mientras tanto necesito que usted, hoy mas que nunca, entregue su vida en un sentido solidario. No se autoflagele pensando en el perdón. Entréguese al amor a los demás y cuando algún día este frente al Jefe, abra su corazón … y seguramente Él verá, y usted encontrará la paz que busca.

José María Cortijo se queda con las manos entrelazadas en su rosario. Su mirada acompaña al cotejo que lleva el féretro  que contiene el cuerpo de Inocencio Lafuente, el benefactor. 

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

2 comments

  • Conmovido!!!, muy buena trama y seductivo relato. RLS nos transfiere de la mera condicion de lector a la de protagonista; y quizás, encarnando fugaz, al paso y mimetizado con cualquiera de ellos, sea en uno solo o en todos a la vez, nos embarga menesteres de la conciencia, y de todo lo inmanente. sean el perdón, la fe, el arrepentimiento, la culpa, el remordimiento…, sería como…, o me remeda algo como, la ” insuperable levedad del ser”. Felicitaciones y abrazo!

    Me gusta

    • Gracias Ramon por tu devolución
      Pocas cuestiones atraen tanto como la historia de vida detrás de lo que vemos a simple vista.
      Cada uno de nosotros encierra una trama compleja, la que determina nuestras decisiones y marca nuestro camino.
      Cualquier cercania a Kundera es afortunada y producto de la casualidad. Abrazo

      Me gusta

Submit a comment

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s