Sufrientes (CUENTO)

Lo verdaderamente indignante del sufrimiento no es el sufrimiento en sí, sino el sin sentido del sufrimiento

Friedrich Nietzsche

 

Sebastián Robles salió del ascensor e ingresó a la enorme oficina de Baylor Co.

Cruzó el mostrador de ingreso con un saludo adusto en respuesta a la cordial sonrisa de la recepcionista. Atravesó presuroso, portafolio en mano, el amplio espacio de puestos de trabajo. Detrás de cada escritorio un empleado levantaba la mirada para expresar un gesto amistoso que sistemáticamente recibía como devolución un tibio movimiento de cabeza. Al llegar al despacho de Gerencia, sin entrar en preámbulos, le espetó a la secretaria:

– Buenos días Leticia, por favor posponga la reunión con las Gerencias, para las 13 horas

– Buen día Ingeniero. Bien ya lo hago. Le dejé en el escritorio los resultados de la licitación del Ministerio de Obras Públicas.

– Traigame un café doble y digale a Marinelli que venga.

– Si Ingeniero

Colgó el Perramus, abrió la pantalla de la computadora y respondió un par de mails. Por fin se dedicó a estudiar la carpeta con el informe de la licitación. La cerró apoyando el puño sobre ella. Exploró con la mirada la enorme isla de escritorios detrás del blindex de su oficina. La fijó en las peceras que se ubicaban en el extremo opuesto del edificio. A pesar de tener el intercomunicador a mano prefirió llamar con voz estentórea

-Leticia!

– Si Ingeniero, respondió la asistente de manera solícita, mientras ingresaba con un pocillo de café aromático y humeante sobre una bandejita.

– ¿Llegó  la Contadora Arguelles?

– Si Ingeniero, ella trajo la carpeta y me dijo que si usted quería verla venía antes de la reunión. ¿La llamo?

Quedó pensando un instante

– No, ahora no. Que vaya con todos a las 13.

Un joven de anteojos con marco al estilo Lennon se dirigía hacia la puerta de su oficina.

– Y a Marinelli también, decile que mejor lo veo en la reunión.

Acto seguido vio como Leticia despachaba al joven que reculaba hacia una pecera del sector opuesto.

Hizo un par de llamados. Discutió con Compras, recriminó a Marketing, reclamó a Comunicación. Cruzó nuevos mails con Nueva York.

La mañana transcurrió sin respiro en la refriega del cuerpo a cuerpo. Sin pausa atendió todos los frentes posibles.

Sonó él intercomunicador

– Ingeniero, avisó Saldivar que a las 13 horas tiene agendada una almuerzo con un cliente y que no podrá concurrir a la reunión de Gerencia.

– Avísele a Saldivar que no está en el country, que esto es Baylor. Dígale que a las 13 horas lo espero en la sala, sentenció sin esperar respuesta alguna.

Revisó los números del semestre y remarcó con resaltador el balance de la Gerencia de hardware. Buscó en su computadora los archivos de balances previos.

Se tomó un rato para repasar el informe general

– Ingeniero, ¿le traigo algo para almorzar antes de la reunión?

– No Leticia, solamente otro café. ¿Está preparada la sala?

– Si Ingeniero, quédese tranquilo que tengo a los chicos ultimando detalles.

– Bien, aquí tiene la presentación para que la carguen. Que se aseguren que a las 13 estén todos sentados.

La asistente salió presurosa de la oficina a satisfacer los requerimientos del Gerente.

A las 13 horas en punto ingresó en la Sala de reuniones. Como chicos de escuela primaria ocho gerentes de la empresa estaban sentados alrededor de la mesa. Amplia, de mobiliario moderno con un ventanal enorme que daba hacia el Dique y el logo de Baylor Co de grandes proporciones en la cabecera que ocupaba el Gerente general, el Ingeniero Sebastián Robles.

– Buenas tardes a todos, o quizás debería decir a casi todos, comenzó diciendo en tono de advertencia. Se esbozaron sonrisas nerviosas y movimientos incómodos. Vamos a comenzar con el informe de cada Gerencia. Ya saben que disponen para lo que tengan que decir de 7 minutos. Sepan aprovechar mi tiempo, repitiendo la muletilla que solía utilizar en estos casos. Respondía a su filosofía de que “cada uno que haga con su tiempo lo que quiera, pero no con el mío”

Le toco a Marinelli, el joven de los anteojitos Lennon abrir el fuego. Durante sus 7 minutos hizo una exposición de resultados comerciales del semestre y proyecciones para el siguiente con un estilo relajado y terminología técnica muy aplicada. Su imagen estaba muy trabajada en el modelo de Silicon Valley.

– Bien Marinelli, muchos dirían que usted es un ejecutivo prometedor. La sonrisa se dibujó imparable en la cara del joven, de alta autoestima. Sin embargo yo tengo otra mirada. Se borró la sonrisa. Usted está muy cómodo en lo que hace. Lo hace bien hasta seis puntos y se conforma avanzando a media máquina. Sin ambición, diría yo, sin hambre. Si lo dejo usted nos mostrará resultados siempre moderadamente positivos durante un par de años más, pero hasta ahí. Nunca podremos esperar un salto de calidad, un asumir riesgos, un apostar realmente a ganador, siempre a placé. ¿Hasta cuándo? ¿hasta que consiga un empleo mejor pago en otra empresa? Pues no señor Marinelli, yo espero que usted nos brinde todo su esfuerzo y creatividad en el próximo semestre aquí, en Baylor. A Baylor no le sirve mañana, necesita hoy. Por eso le recomiendo que reconsidere su plan de negocios del próximo semestre para mostrar algo digno de lo que la empresa espera de usted.

Marinelli se acomodó los anteojitos y trató de elaborar una defensa, pero un tartamudeo inicial delató que el golpe, quizás por inesperado, había sido por abajo de la línea de flotación. Los argumentos no sonaban convincentes ni a sus propios oídos.

– Marinelli, demuéstreme que es inteligente realmente y presénteme la semana que viene un plan de negocios serio, metas más estimulantes, potenciales nuevos clientes. Baylor necesita que su cartera crezca. Haciendo jueguito en la mitad de la cancha es vistoso, pero necesito un goleador no un malabarista. Sin esperar respuesta giró su cabeza hacia su asistente y le indicó, Leticia agende reunión con Marinelli para el miércoles a la misma hora de hoy. Empieza a correr su tiempo Marinelli, le advirtió al joven que tenía una expresión desencajada.

Mientras tanto el resto buscaban acomodarse en sus sillones. Alguno se sirvió un vaso de agua, otro consultó el reloj.

Las siguientes tres presentaciones transcurrieron sin grandes sobresaltos solo acompañadas de  alguna arenga grupal como “señores estamos jugando en grandes ligas, no nos podemos dormir”

Paso el turno de Saldivar, quien a pesar de una aprobación de su perfomance, recibió  un comentario respecto de su desafortunado tropiezo del almuerzo.

– Estimado Saldivar, los años dentro de la empresa debieran servirle a usted para darse cuenta de donde están las prioridades. Usted puede reprogramar un encuentro con el cliente, escogerá un mejor lugar para el almuerzo, quizás un mejor vino, pero no puede pasar por alto lo que es nuestro “Think tank” ¿me entiende? Estar afuera de este espacio es irse quedando afuera de Baylor. Los sillones aquí no los tenemos de por vida.

Saldivar no bajo la vista, pero tampoco emitió respuesta.

Llegó por fin el turno de la Licenciada Roxana Emilia Arguelles de Rincón, esposa del reconocido médico de la Capital. Mujer joven, de aspecto muy profesional, con buena expresión corporal. Aprovechó sus primeros minutos para mostrar un resultado positivo del primer semestre, destacando de manera particular lo logrado en cuanto a la porción del mercado ganado a los competidores. La empresa había mantenido su cuarto puesto en venta de Hardware pero con un leve crecimiento del porcentaje.

– En cuanto a la perspectiva para el próximo periodo tenemos que remontar la perdida de la licitación del Ministerio de Obras Públicas en el día de hoy, por una mínima diferencia respecto del ganador. Sin embargo estoy segura que podremos neutralizar el balance con una acción más agresiva de la gente de marketing en áreas que no tenemos muy cubiertas hasta el presente. Terminó remarcando algunas condiciones desfavorables para los competidores  que surgían a través de comentarios de la plaza, información a confirmar.

Ella procedió a sentarse en su lugar y a esperar la devolución

– A veces me pregunto, comenzó Robles en un tono pausado, ¿qué es lo que hace que la gente interprete que somos capaces de comer basura? Estimada Contadora, usted nos ha dado de comer basura. La miró directo a los ojos obligándola a desviar por un instante la mirada. ¿Usted cree que realmente somos estúpidos?  Ella intentó una respuesta pero la detuvo ipso facto. Ni se le ocurra agregar comentario a estos siete minutos, mis minutos, que usted ha desperdiciado. Se levantó y expuso un detalle pormenorizado del área en los tres años a cargo de la Contadora mostrando la declinación de la perfomance real, sin nuevos clientes de envergadura y sin una proyección favorable. Mostró como el leve crecimiento de porcentajes se debió más a dificultades de importación de equipos de los competidores que a virtudes comerciales del Área. Quizás usted se sienta en el grupo de Marinelli, pero no se confunda, el es inteligente y puede mejorar, pero usted quizás sea la mayor equivocación que ha cometido nuestra Gerencia de Recursos Humanos en la historia de Baylor, remataba mientras dirigía la mirada al destinatario del comentario que en sentido inverso prefirió mirar una carpeta que tenia frente a sí. Los conductos lagrimales de la Contadora comenzaron a congestionarse mientras que trataba de no moverse un ápice de donde estaba sentada por miedo a desvanecerse. Usted que ha mostrado incapacidad manifiesta para crecer, ¿nos quiere convencer que podrá equilibrar la perdida de una de nuestros principales clientes? Pareció que el verla a punto de quebrase lo cebaba para duplicar la embestida elevando el tono de voz. Usted con su impericia nos pone en riesgo a todos. En este momento Nueva York está al tanto de lo que está pasando y yo personalmente soy el respaldo para que esto se solucione. Si estuviésemos en Japón un general con dignidad sabría qué hacer en estos casos. Usted pertenece a ese grupo de ejecutivos que hacen gala de la teoría en los posgrados de la Universidad, pero que en el fragor de la lucha se ahogan solos en el barro de las trincheras. El lunes la espero en mi oficina con una reformulación seria del plan de negocios….y entonces veremos.

Leticia se acercó a Robles y le susurró al oído que la semana entrante la Contadora tenia solicitadas dos semanas de vacaciones que ya habían sido autorizadas.

– Espero que su sentido común le haga ver donde están sus prioridades. Si no lo entiende es bueno que asuma solo el rol de ama de casa….o de primera dama. Aquí nosotros somos gente de trabajo. Y no confunda esta devolución con un tema de género. Cuando se trata de trabajo para mi polleras o pantalones son indistintos. Solo miro resultados. Y los suyos son muy malos.

La Contadora se levantó respondiendo a un impulso irrefrenable y saliendo de la sala se la vio atravesando la isla de escritorios en un estado calamitoso que alarmó a los empleados. Una de ellos se levantó acompañando a la desconsolada Gerente.

Robles repasó una minuta final sin inmutarse, dando indicaciones de acciones a ejecutarse hasta la próxima reunión.

El encuentro terminó en un clima tenso y de incertidumbre respecto al futuro de Arguelles.

Robles paso el resto de la tarde encerrado en su oficina conectando cabos sueltos.

Cuando se retiró lo hizo con gesto adusto corroborando al pasar por las peceras que en varias de ellas los gerentes seguían trabajando, incluida la Contadora.

Bajó hasta la cochera y se dirigió conduciendo su Audi desde el centro de la ciudad hacia la zona residencial del norte. La tarde estaba gris, con un oscurecimiento precoz. Al llegar a bordear el río se apreciaba que estaba picado con un viento que llegaba desde el sudeste.

Camino a casa estuvo tentado de parar en un bar, pero el mal tiempo lo desanimó.

Atravesó la guardia del Country. Siguió los senderos zigzagueantes entre lujosas casas de grandes ventanales que daban al putting green. Estacionó bajó el alero lateral de una construcción inspirada en un diseño de Le Corbusier. Abrió la puerta que daba a un enorme living vidriado. Por un momento se detuvo a escuchar expresión de alguna forma de vida, pero el silencio lo ocupaba todo.

Se dirigió al escritorio donde colgó el Perramus en un perchero y dejó en un costado el portafolio de cuero.

Volvió a aguzar el oído pero no escuchó otro sonido más que el del viento fuera de la casa. Se dirigió a la cocina. En la pileta encontró platos y cubiertos sucios, con un par de colillas de cigarrillo. Tiró los restos a la basura y limpió los utensilios. Abrió la heladera en la que el mal olor lo recibió. Buscó en los compartimientos de abajo y encontró un pescado en un estado deplorable, del que se deshizo inmediatamente. Sin nada que le resultara sugestivo optó por un pedazo de grouyere. Sacó una botella de malbec ya descorchado de la cava. Se sentó en la mesa. Comió el queso y tomó un sorbo del vino.

Como un perro para sus orejas en atención a un ruido extraño, el se detuvo y giró la cabeza hacia la puerta. Por ella entró una mujer de unos cuarenta mal llevados, enfundada en un batón azul, los cabellos desordenados y un cigarrillo encendido en la mano.

– ¿Cuántas veces te tengo que pedir que no andes por toda la casa fumando?, le recriminó él

– ¿Vos que no estás en todo el día me venís a decir que hacer en mi propia casa?

– No quiero pelear, bastante tengo en el trabajo.

Ella se sentó en silencio en un extremo de la mesa mirando en dirección al parque donde la sudestada traía agua y viento. El la miró como tratando de estudiarla. Ella dio una pitada profunda mientras sus labios y su mano mostraban un fino temblor.

– Que día de mierda, dijo ella como hablándose a sí misma.

Se hizo un prolongado silencio

– ¿Tomaste las pastillas?. inquirió él.

Ella no dio respuesta.

– Marisa, ¿tomaste las pastillas?

– ¿A quien queres convencer que realmente te importa? No soy idiota, apenas depresiva, pero no idiota. Vos haces tu vida y al resto que los parta un rayo. A veces me pregunto ¿a que volvés? y otras ¿para qué me quedo?

– Me parece que es un comentario muy guacho. Si los dos bajamos los brazos ¿cómo salimos de esto? Sería fácil para mí quedarme en piyama todo el día a lamentar lo que ya no tenemos. Pero ¿de qué vale? La vida no da marcha atrás.

– Si vos fueras madre te darías cuenta que esto ya no es vida. Lo único que me consolaría es que compartieras conmigo el sufrimiento. Pero no, te pones esa coraza de mierda y ahí sale el Ingeniero, a él nadie ni nada lo detiene y los demás vamos quedando como despojos en el camino.

Se levantó a hurgar en el mueble de sobre mesada.

– ¿Donde mierda hay cigarrillos?

Arrastrando los pies salió de la cocina.

El tomó un sorbo de vino.

Se inclinó hacia adelante apoyando los codos sobre la mesa y su cabeza sobre sus manos.

Volvió a mirar el parque, donde la sudestada traía agua y viento.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

2 comments

  • Queda bien plasmado el grado de “sufriente”, primero del súper-gerente, persona tóxica si la hay, despota e irremediable, como insoportable su día a día. No contiene ni es contenido; esto es: no co-responde ni es correspondido; y la evolución de su pesar asfixia a todo lo que lo rodea. El relato sugierege algún descendiente que vaya a saber porqué, hiere y lacera a su pareja, otro sufriente más, y a partir de su desquiciado entorno más íntimo, son y seran despechados y humillados de una u otra manera, todos los que lo rodean en su cotidiana vida laboral.
    Círculo vicioso de sufrientes; que RLS muy bien logra plasmar en su cuento. Me gustó!

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    • La realidad es lo que vos decís. Ese cambio de roles de victimas y victimarios en un universo hostil hace que todos sean sufrientes. El mundo contemporáneo predispone cotidianamente a este tipo de situaciones, Una foto de nuestro tiempo

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