Oporto, los ensueños del Duero

Según Saramago,Oporto, es el lugar donde Portugal se junta con el Duero. A pesar de una década de siglos a cuestas, se muestra hermosa y digna a orillas del río. Por avejentada que se pueda suponer, lejos está de perder encanto ante paso del tiempo, muy por el contrario, es que al igual que los buenos vinos adormecidos en sus vasijas de roble, al despertar un día, explotan en mil sabores y colores. El fruto de la vid describe sin dudas la seducción que ejerce esta ciudad de portugueses. Si bien detrás de los viñedos y bodegas hay una historia previa de olivares y frutos secos, fue con la mezcla de buenas uvas y brandy inglés la que botó la nave insignia de su economía, el vino oporto.

En la margen sur del río es incesante la laboriosidad de Vila Nova de Gaia donde las bodegas producen con expertiz su metié, en tanto que el sol calienta durante el día el caserío multicolor sobre la margen opuesta, en el barrio de la Ribeira. Paredes tapizadas en mosaicos relucientes y techos de tejas rojas, bodegones, bodeguitas, restaurantes, cafés y cafecitos. Los trapos secándose en los balcones donde las comadres no tienen pudor en mostrar sus calzones oreándose al viento, mientras esperan que alguna otra se asome en una ventana vecina.

Pasa el día y el Duero es como la avenida principal de cualquier pueblo, transitada por botes que van y vienen a lo largo o que se cruzan de orilla a orilla. En las alturas, enormes los puentes que permiten el transito de a pie, en bicicleta, en auto o en un metro con grafitis psicodélicos que remedan los 60. Para aquel que no padece temor a las alturas, una caminata por el plano alto del puente Luis I ofrece una visión única del largo del Duero. Si no fuera que el buen vino la representa en plenitud, bien le cabría el apodo de la ciudad de los puentes. Sobre ellos, el cielo, es propiedad de las gaviotas.

La desembocadura en el mar muestra vigilante al viejo faro, que no se amedrenta frente a las olas que rompen contra él.

Abandonando la zona ribereña y tramitando ya la ciudad, se puede hacer uso de pintorescos tranvías, que no demuestran envidia alguna hacia la modernidad del metro, del cable carril o del teleférico. Para los mas osados que prefieren el manejo , Oporto se muestra de trazo por momentos intrincado, que no impide encontrar siempre el camino.

A gusto del consumidor se disfrutan monumentos con historia, como la Torre de los Clérigos y viejas iglesias o se da paso a la arquitectura contemporánea que aparece mezclada como al descuido al llegar por ejemplo a la Casa de la Música. Como una caja de sorpresas detrás de cualquier esquina puede aparecer un monumental mural de azulejos.

Por fin se cierra la noche y se puede entrar en un albergue  que sea vecino a bodegones en los que se ofrecen cien variedades, todas exquisitas, de platos de bacalao acompañados de un vaso de vino verde, o probablemente mas de uno. Cuando la tonada del fado por fin languidece, será el tiempo de regresar cansinamente caminando por callecitas empedradas y semioscuras, que harán sentir la presencia de los siglos pasados.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

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