Soltando amarras (CUENTO)

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo. 

Epicuro de Samos

 

Los últimos invitados se despiden apenas entrada la madrugada.

Buenos deseos, abrazos, muchos abrazos.

  • ¿Te vas a quedar?, pregunta él
  • ¿No me matas? Mañana quiero levantarme y ordenar un poco mis cosas. Hace dos días que soy tu party planner de tiempo completo, respondió ella con una sonrisa mientras que con la palma de la mano acaricia su mejilla.

Ya solo, da una vueltas por el departamento controlando si algo urge de ser acomodado. Se sienta en el balcón mientras un par de cubitos de hielo danzan suavemente en una generosa medida de whisky. En tanto la brisa de primavera agita suavemente los helechos del cantero, él disfruta de la vista apacible de una ciudad ya entre sueños, como queriendo prolongar el disfrute.

Todo fue tal como lo había imaginado. La vuelta de página de un cambio de década amerita un señalador distinto. Viejos amigos, sin invitados de compromiso, sino esos que están siempre. Los afectos que supieron sobrevivir al paso del tiempo. Algunos, impensadamente sucumbieron en el camino pero no es poco lo que se cosecha. Entre un sorbo y otro se escurre aquella muletilla del abuelo que que en el dialecto atravesado del inmigrante le decía “Bambino, non si deve mirar indietro, solo avanti. No importa la porta que se chiude sino la porta que se apre il fronte”. La estampa viviente del piu avanti. Pensar que el Nono era viejo a la misma edad que él hoy, comienza su segunda adolescencia.

Deja que los restos de hielo se disuelvan en su boca mientras que sus parpados ya piden reposo. Mira el desorden del living y piensa con sabiduría “Mañana será otro día”.

El sueño profundo lo envuelve rápido, sin incomodidad.

Unas horas pasan hasta que se pierde en laberintos oníricos que lo sobresaltan. Despierta con el cuerpo empapado en sudor y una insoportable opresión partiéndole el pecho. A tientas busca el celular. Con dificultad intenta leer los números que aparecen desdibujados en la pantalla. 4:56 AM. Estira el otro brazo buscando auxilio a su lado, pero recuerda que ella no se ha quedado. Esfuerza la vista haciendo foco en el celular, y remarca el llamado previo. Le habla al contestador

Ana, soy Marcos. Estoy descompuesto. Se me parte el pecho. Mandame alguien que me siento muy mal.

Se queda inmóvil pensando que si es la garra de la parca la que lo maniata, quizás el verlo inerte y pusilánime, la haga apiadarse de una presa incapaz de dar pelea. Por unos instantes siente que se atenúa el peso en el pecho y que el aire entra un poco mejor en los pulmones. Breve ilusión. El dolor bruscamente alcanza mayor intensidad. Como el acelere de una montaña rusa se sube hasta el cuello y lo obliga a voltearse boca abajo sobre un lado de la cama para que un vomito amargo le vacíe las tripas.

Exhala un lamento de desasosiego y se echa boca arriba con los brazos en cruz. Exhala un gemido y se le escapa el control del cuerpo mientras la mente cae en una oscuridad profunda, inacabable. ¿Será el final? ¿por qué no? Trata de aferrarse a la idea de que todavía no es el momento. Sin embargo entiende que son situaciones que no admiten negociar con justificaciones. El cura que se muere en la misa, el que lo hace echado en el lecho junto a su amante o el que dice adiós al momento de ganarse la grande. Con sus sesenta cumplidos hace apenas unas horas ha declarado glamorosamente el ingreso al último cuarto de su vida, ese en el que levantará la cosecha y saldará deudas pendientes. ¿Quien había de pensar que resultara al fin un tiempo tan efímero? Se podría decir que ha sido demasiado escueto para dar cuenta de ninguna de esas cuestiones.

La mente se refugia en una suplica de ayuda a su madre. Se suceden luego rostros de mujer uno tras otro, asépticos, inexpresivos, blancos, fríos. Parecen responder a los pendientes de la vida, hijo que no llega a ser pródigo, esposo que no ama lo suficiente, padre de las ausencias, amante sin compromiso. ¿Qué otra cosa más que indiferencia como moneda de cambio?

De pronto la oscuridad da paso a una luz intensa, blanca, muy blanca, como esas enormes velas que se despliegan en el mástil de ese velero. A pesar de tanta luminosidad un frio gélido se le mete entre los huesos, como queriendo despostarlos. El tripulante de expresión adusta y piel curtida le hace un gesto para que suba. Reconoce con sorpresa la estampa familiar. El cuerpo fornido del marino lo desorienta al principio pero se trata del Nono, ese viejo que cuando dejó aquel puerto de Génova nunca se detuvo a mirar lo que dejaba atrás, allá, en la tierra de San Siro.

De pronto aparece Gerardo, su terapista, que vestido de grumete lo invita a subirse diciéndole que lo están esperando. El Nono con una mano en el timón, no deja de hacerle señas con la otra para que se ubique en cubierta. Marcos se niega, sabida cuenta que no se siente nada bien como para hacer un viaje en barco. Sin embargo lo hacen sentarse junto a varios hombres que están con sus camisas blancas arremangadas y las corbatas negras a media asta. Seguramente ellos sentirán calor, aunque a él lo está matando el frio. Infructuosamente intenta preguntarles que diablos hacen ahí, porque un nudo en la garganta no lo deja hablar. Quiere gritarles pero aún con la boca abierta no puede emitir sonido. Ellos no hacen gesto de prestarle atención, solo están sentados, esperando la partida.

El grumete se acerca y le ofrece una camisa blanca.

Desesperado, mira hacia la playa buscando una salida. Solo gaviotas en la orilla, cientos, inmóviles, mirando hacia él, parecen no quitarle los ojos de encima. Algunas se inquietan y hacen un corto vuelo sobre las cabezas de las otras.

Siente que está en el lugar equivocado, él no quiere ir a ningún lado. Solo espera que llegue Ana de una vez por todas. Desesperado se arroja al agua frente a la pasiva mirada del Nono. El grumete apoyado en la baranda lo mira alejarse. Siente que el agua se le mete en los pulmones pero en un esfuerzo postrero alcanza la playa. Al tiempo que queda echado de espaldas en la arena, un desconocido le da un puñetazo tras otro en el pecho sin que pueda defenderse, porque tampoco le responden los brazos. Sin aviso previo un rayo le fulmina el pecho dejando el olor a pelos chamuscados y un par de lágrimas que surcan su rostro. ¿De donde habrá salido si el cielo era solo luz? El dolor se convierte en ardor. Quiere toser pero se da cuenta que sus dientes mastican un palo de escoba que tiene metido hasta la garganta. Imágenes confusas se mueven ahora a su alrededor.

Luces rojas que van y vienen como en un boliche reemplazan la luz intensa y alguien a su lado le dice con una voz lejana que hace eco.

¡Aguante amigo que ya estamos llegando! Las luces rojas bailan ahora al son del ulular de una sirena.

El Nono ya no está. Tampoco Gerardo. Tampoco el velero ni las gaviotas. Seguramente habrán soltado amarras dejándolo a él, solo y boqueando, hasta la próxima vez.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

6 comments

  • Las imágenes, escenas, actores y memorias que acuden a Marcos, no son ni más ni menos aquellos que en un mix de sueño y realidad, pujan por sustraerlo de su cotidiana vida para trasladarlo nada más y nada menos que al lugar de los mortales; Marcos atraviesa una situación de vida o muerte, es una lucha sin cuartel; aún cuando subido en la cubierta invitado por el gurmet y la presencia de los extraños pasajeros y la -quizás- apacible espera del Nono a manera de regresión en el túnel de un tiempo invertido, es que de alguna manera logra desembarazarse (esta vez no tenía que ser!), dejando a sus potenciales e ilustres acompañantes que levanten marras, por lo menos, esta vez sin el, quizás otra vez será. Muy claros y difusos a la vez, los recursos que el autor nos ofrece para imaginarnos el cuadro por el cual Marcos está a punto de dejar su último hálito. Uno se ve en Marcos y pelea con él. Buen cuento donde el autor combina muy bien la realidad desnuda y angustiante con estados de la conciencia que oscilan entre el sopor y estupor, en en un inevitable marco de ficción.

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    • Así es Ramón. Supongo que todo aquel que cree que no le ha llegado el momento pone toda la resistencia a su alcance. En ese transito es donde vuela la imaginación.

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  • No sabia de esta codicion de escritor y me siento sumamente orgullosa y agradecida por enviarme este material MARIA ROSA

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    • Cualquier camino para expresarnos a través del arte es saludable para el espíritu, que de otra manera se mostraría inquieto y quizás…. malhumorado

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