Gladiadores (Cuento)

“El corazón de Roma no late en el mármol del senado, sino en la arena del Coliseo”

Linea de Tiberio Sempronio Graco en la película Gladiador de Ridley Scott

El calor agobiante del verano no respeta siquiera las primeras horas de la mañana. La noche no dio abasto para deshacerse del bochorno del día anterior. Meterse entonces por la boca del metro de Castro Pretorio se convierte en un alivio, aunque el aire enrarecido, tan particular de esos laberintos subterráneos, suela ser poco amigable.

En el andén unos adolescentes entusiastas se portan como perros callejeros. Se huelen, se hacen fintas y arengas, se mueven hacia un lado y luego bruscamente en el sentido opuesto. Decide entonces tomar distancia, esperando en uno de los extremos donde recaerá seguramente un vagón poco habitado, a despecho que semejante precaución en un domingo y a esa hora, pueda parecer innecesaria. Se detiene ante el mapa del metro buscando su recorrido: Castro Pretorio, Termini, Cavou y por fin Colesseo. No mas de diez minutos de viaje.

Una brusca brisa de aire mas fresco anuncia la formación que se acerca a velocidad. El maquinista acciona los frenos y los vagones van pasando frente a él como una ruleta hasta que al detenerse finalmente, el casillero esperado queda frente a él. Las puertas se abren de par en par mostrando que en el interior sobran lugares para sentarse. Echa una mirada y le llama la atención a primera vista, una joven vistosa que con los auriculares puestos atiende la pantalla de su celular. De manera automática elige un asiento frente a ella, que le permita observarla sin esfuerzo. Un pitido anuncia que las puertas están prestas a cerrarse en el mismo momento en que en medio de torpes risotadas hace su ingreso tumultuoso la jauría de perros callejeros. El grupo se ubica en los últimos asientos del vagón no sin antes empujarse y toquetease como venían haciendo en la espera.

La joven sin dar cuenta de los personajes que la rodean, sigue activa en las redes sociales. Pelo castaño sobre los hombros, piernas cruzadas descubiertas bajo una falda corta y facciones perfectas, como las de una diva, como la Ornella de aquellos famosos Monstruos. Bella donna, piensa para sus adentros.

En el medio del vagón una familia tipo, apostaría a que de origen indio (o hindú si se prefiere), con esas caritas de tez aceitunada y ojos azabache. Un poco más lejos una pareja cincuentona que podría venir de Texas, por ese sobrero de alas anchas que lleva el varón.

Rápidamente la maquina entra en velocidad con dirección a Termini, la estación que anuda las dos líneas que conforman la red subterránea. Uno de los perros callejeros explota en una carcajada y por vez primera, Ornella, levanta la vista quizás por molestia, quizás por curiosidad. Ante la evidencia de tratarse apenas de un hecho mundano, no digno de la atención de los dioses, vuelve a poner su atención en la pantalla, mientras deja una de sus piernas en un gracioso balanceo, que seguramente acompaña una melodía de su gusto. Ese breve instante, fugaz, porque se trata de segundos apenas, sirve para que él, un simple mortal, pueda apreciar que el pelo de ella es muy lacio y fino, que sus ojos de un verde claro de intensidad inusitada resaltan sobre su piel discretamente bronceada y que destila ella, en toda su figura, una elegancia propia de una romana.

Los asiáticos en tanto, son una postal bucólica de lo doméstico y terrenal, conformada por la pareja y un casal pequeño, que acurrucados bajo los brazos de la madre no le pierden movimiento a los chicos del fondo.

El tren hace un movimiento brusco de pequeño giro y frenada haciendo que uno de los adolescentes casi caiga al piso ayudado por un empujón inesperado. Acto seguido risotadas de víctima y victimarios.

El parlante anuncia la próxima estación sin que nadie se apreste a bajar. Se detiene, se abren las puertas e ingresan dos hombres y una mujer con una burka negra. Existe un tema de perspectivas, que hace que al mirar de abajo hacia arriba todos los cuerpos parezcan de una mayor altura que la real. Sin embargo mas allá de cuestiones de ubicación, los dos varones son realmente de gran porte, a punto tal que la cabeza de uno de ellos da la impresión que sin esfuerzo puede tocar el techo con un pequeño salto. El otro, un poco mas bajo, tiene una barba tupida y llama mas la atención por lo corpulento. Siente cierta incomodidad al ver que los árabes se quedan frente a él, a un costado de Ornella, que a pesar de no levantar la vista endurece levemente el gesto, se acomoda la falda, luego el pelo, teclea con vehemencia la pantalla. La jauría de perros está ahora en silencio, como para darse el tiempo de observar a los nuevos pasajeros. Se percibe la sensación que alguien más ha entrado al vagón, pero en realidad es el texano que se levanta y ocupa un espacio mucho más importante que cuando estaba sentado. Así apoyado sobre su pierna derecha y agarrado del pasamanos, con el sombrerón bien calzado hasta las orejas, se podría decir que es la viva estampa de John Wayne a orillas del Río Rojo.

En el medio, como si estuvieran por observar un duelo en un pueblucho del viejo oeste, los dos chiquitos hindúes (o indios) reparten ahora sus miradas entre todos los personajes que permanecen parados.

La formación arranca a la siguiente estación.

Los dos árabes intercambian algunas palabras sin prestar atención al resto de los pasajeros. El texano no les saca la mirada de encima como esperando algún movimiento que lo incomode para mostrarse hostil. Impresiona como esos mastines que no avisan. Antes de ladrar ya tienen a la presa bajo la fuerza mastoidea de su mandíbula y no la sueltan hasta matarla. Luego con la trompa ensangrentada vuelven a su lugar, a cuidar el territorio, con algún gruñido, pero sin ladrar.

Él piensa que quizás sea buena idea cambiar de vagón en la próxima estación. Pero esta decisión tiene un par de aristas negativas. Una, no menor, es abandonar la vista privilegiada de la admirada Ornella. La otra, mostrar falta de temple perdiendo no solo autoestima, sino además quizás una buena historia para escribir.

Mientras tanto, los adolescentes entran ahora en cuchicheos que se adivina tienen que ver con la situación.

El altavoz anuncia la llegada a Cavou.

Nadie se acerca a ese vagón para subir. Tampoco nadie baja.

Arranca nuevamente.

Ahora la conversación de los dos árabes se vuelve mas fluida y de reojo, a él, le parece que el mas grande esboza una sonrisa. A pesar de que hay espacio de sobra para sentarse, los personajes centrales siguen parados.

Uno de los adolescentes, de brazos tatuados con un skate bajo el brazo y una gorra de visera larga cruzada en la cabeza, se planta ahora en el otro extremo, también mirando a los árabes, como remedando la postura de John. El grupo responde con risas nerviosas, quizás intuyendo que la osadía del compinche puede tener su precio. El viejo western americano se convierte en un spaghetti. Hasta a él le parece graciosa la ocurrencia, pero el sentido común amerita el silencio. Lo que en un chico puede ser solo una parodia que se disculpa, en un adulto la complicidad se trasforma en un desatino, que puede tener como desenlace una pelea callejera. No obstante valga un reconocimiento al atrevimiento del ragazzo, propio del ladrón de bicicletas del maestro Vittorio,  historias de vidas cortas e intensas que no tienen tiempo de hacerle caso al temor.

Ahora el árabe fornido le dice algo a la mujer, que empieza a buscar algo bajo su burka.

El texano se alerta por la situación y da un paso al frente en dirección al trio, mientras que su mujer desde su asiento hace un gesto contenido, como queriendo detenerlo. Un americano de unos cincuenta años de ese porte seguramente ha recibido entrenamiento militar, piensa él. Habrá estado en Irak o en centros donde se enseña el combate cuerpo a cuerpo. El árabe alto le hace un gesto imperceptible a su compañero en el preciso momento en que la mujer le entrega una cámara fotográfica. La escena detiene un instante a John.

El parlante anuncia Colosseo. Los tres árabes se ponen frente a la puerta del medio del vagón, el texano vuelve hacia su mujer sin darles la espalda y se ubica en la puerta de un extremo en tanto que los chicos y la familia hindú (o indios si se prefiere) lo hacen en el opuesto. Él piensa que es prudente no levantarse de su asiento hasta que el resto se aleje lo suficiente como para recuperar su área de confort. Desde su butaca, la escena es la de luchadores que esperan la contienda en sus celdas y suben ahora hasta la arena por pasillos diferentes.

Se detiene el tren. Se abren las puertas. Los gladiadores salen.

En ese instante Ornella levanta la mirada con una sonrisa nerviosa y un gracioso gesto de alivio que comparte con él, quien es apenas un plebeyo. Esa complicidad es como una caricia que le regala la vida, que le susurra al oído, y le dice que aún no es esa su estación, porque en el mundo de los dioses quizás hoy tenga un lugar.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

2 comments

  • Este cuento destila suspenso, tensión in-crescendo y clímax, y estas sensaciones, por las dudas, dan lo mismo el orden que el lector quiera…
    Zigmunt Bauman (y tantos otros), en su seductor libro “En búsqueda de la política” (1998), nos ilustra sobre la multipolaridad, que luego por añadidura inevitablemente nos lleva a la muticulturalidad; es decir está claro que el mundo de hoy hace tiempo que dejó de ser bipolar para volverse multipolar. Quizás, solamente viajando y, sobre todo por ciudades o capitales cosmopolitas, pueda uno tener mayor chance de entramarse y ser atravesado en escasos 10 minutos de un viaje en vagón por metro, por asiáticos, árabes, americanos, pandilla de adolescentes, y por supuesto, el señor o la señorita anónimos propios de estas metrópolis, en un viaje más de los tantos de sus rutinarias vidas.
    El metro, un vagón, y el estimulo disparador de un cuento, nada tiene que envidiarle a un pequeño y clásico globo terráqueo; claro que, aquí apenas con las miradas, los gestos las posturas y, la imaginación, uno se ve lanzado a un climax de inminente peligro, sería como…el inminente “choque cultural”, colisión que encuentra su emergentes en nuestros pre-juicios o en los prejuicios de todos, en algunos de los polos culturales más que en los otros…
    Pero bastan apenas 10 minutos de vagón -por así decirlo- para que por nuestras retinas desfile la historia y, como si fuera poco, además nos deposite en el Coliseo romano, y hasta viajemos pecho a pecho con rabiosos Gladiadores.

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    • Gracias Ramón. A veces un instante nos pinta lo que es el mundo. En este caso, este paso de comedia, a veces en el mundo real ha resultado trágico. La situación potencial de conflicto tiene actores que hacen las veces de expectadores incómodos. En ese escenario es posible encontrar mezcladas la belleza, la niñez, la camaradería. Todo hace a este cambalache que nos toca vivir. Abrazo

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