El carpe diem del malparido (Cuento)

Carpe diem

“No preguntes, Leucónoe, para cuándo
fijaron los dioses tu muerte o la mía,
ni atiendas a las cábalas de Oriente:
sacrilegio es saber.
Mejor es aceptar lo que viniere,
ya sean muchos los inviernos que te otorgue
Júpiter, ya sea éste el último,
este que ahora fatiga al mar Tirreno
contra las blandas rocas.
Sé sabia, filtra el vino,
y ataja una larga esperanza,
porque duramos poco.
Mientras hablamos,
huye el tiempo celoso.
Goza el instante: no te fíes del mañana.”

Horacio (Quinto Horacio Flaco 65 aC- 8 aC Roma)

El auto ingresó lentamente por el acceso, hasta cruzar lo que claramente era la calle principal, giró entonces a la derecha y se detuvo en la rotonda. En el centro de la plazoleta se elevaba un enorme bulto cubierto por una lona. El conductor bajó y se acercó a leer la plaqueta colocada al pie. Subió nuevamente, chequeó el GPS, avanzó un par de cuadras mas y dobló en una calle de arena en dirección al mar. Estacionó frente a un cartel de chapa que se balanceaba empujado por el viento: “Aires de Mar Blanco”. Sacó un bolso del baúl y se dirigió a la recepción.

Buenas tardes, tengo una reserva

Buenas tardes, le contestó la mujer con cara de tía mientras lo estudiaba mirándolo por encima del grueso marco de sus anteojos (chequeo su libro) ¿señor Fabián Reinoso?

Así es

– Ah, lo estábamos esperando…pensé que ya no venía. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

Creo que dos noches, hasta el domingo. Mañana se lo confirmo.

No se preocupe, no tendremos tantos huéspedes este fin de semana y hay habitaciones disponibles. Esta ideal para descansar.

En realidad me toca trabajar

Me contó el secretario del Intendente que viene a escribir sobre Mar Blanco…. para un diario de la Capital ¿no?. Es bueno que muestren un poco nuestro pueblo. Necesitamos turistas, comentó a manera de confesión. Lástima si no se queda; dicen que tendremos sol por lo menos hasta el otro fin de semana. En cualquier momento se nos viene el invierno, remató con cierta resignación, y entonces ya no vendrá ni el loro hasta septiembre. Bueno, aquí tiene la llave y la clave para el wifi, pero permítame acompañarlo.

La habitación era amplia, piso de cerámica rustica roja, paredes blancas, cielorraso a dos aguas ,alto, forrado en machimbre, ventilador de techo con paletas de madera, cama doble de hierro con un acolchado que hacia juego con las cortinas. Un par de cuadros con fotos de playa y en un esquinero la salamandra.

La verdad que es una pena si no se queda, esta es la mejor habitación de la posada, dijo la mujer como dando argumentos para seducir al huésped.

El dejó el bolso y sacó un papel de su bolsillo

Tengo que ver a la profesora…. Sara Ventura, que vive en la calle Las Alondras…

Queda cerca de acá. En realidad en el pueblo todo queda cerca, dijo con una sonrisa burlona. ¿Usted quiere ir ahora?

No, no, mañana después del desayuno.

Seguramente la va a encontrar haciendo quinta. La profesora cosechó unos tomates hermosos este verano. Mujer muy trabajadora.

La recepcionista se mostraba a sus anchas en la conversación relatando los puntos salientes del paraje, personajes, lugares para comer, precios de alquiler de la zona, visitantes ilustres del parador playero. Por fin con una discreta propina, Fabián se deshizo de la tía. Acomodó un par de camisas en el ropero y se tiró en la cama. Abrió un libro, pero luego de unos minutos lo dejó a un costado. Buscó en el bolso un par de hojas impresas, las leyó, las apoyo sobre su pecho y cerró los ojos. Su mente se abrió hacia una tarde de lluvia en el taller del abuelo, que hacía pasar tirantes por una cepilladora mientras él le cebaba mate. Recuerdos que se mezclaban con la remanida sentencia  de su madre “vaya uno a saber donde estará el malparido que te ha metido el diablo en la sangre”. En un momento los pensamientos  se enlazaron con los sueños y así la noche se lo llevo puesto vestido y sin cenar. En un momento sintió frío. Entreabrió los ojos y vio los haces de luz que se colaban por las hendijas del postigo. Manoteo la colcha para cubrirse e intentó seguir durmiendo. Dio vuelta hacia un lado y luego hacia el otro. Buscó sin éxito detener a los pensamientos que otra vez lo ponían en vigilia. Después de un rato miró la hora. Todavía no eran las siete. Se dio por vencido. Se levantó, se calzó las zapatillas y fue hasta la recepción donde un joven granuliento le dio una sonrisa de buenos días y le advirtió que si su intención era desayunar, aún debería esperar unos minutos a que llegara la cocinera. Salió a caminar en dirección al mar. La playa se extendía desierta bajo un sol que todavía no calentaba. El movimiento del mar y el ruido de la rompiente le mejoraron el humor. Hizo un largo recorrido por los médanos y regresó a desayunar. En el camino cruzó un par de transeúntes matutinos que respondieron a un sutil saludo, cortesía de lugareños ante desconocidos que visitaban el lugar. Como decía la tía “se necesitan turistas

No eran todavía las diez cuando el día pintaba fantástico. Y allí estaba golpeando las manos en la casa de la calle de Las Alondras. Sara Ventura con una amplia sonrisa salió a su encuentro.

¿Señor Reinoso?, lo estaba esperando

Buen día ¿cómo está usted? respondió Fabián con gesto cordial, pensé que estaría trabajando en la quinta.

Por usted he hecho una excepción, respondió sonoramente. Los sábados son para mí el día de trabajo físico, pero usted ha sido la excusa perfecta para descansar. Pase por favor.

Había una discrepancia entre la mujer que Fabián imaginaba y el porte de quien lo recibía con una contextura casi atlética, a pesar de tener unos sesenta y pico de años. Pelo lacio, entrecano, piel blanca y ojos grises, vivos, inquisidores.

Un par de perros falderos los siguieron hasta la casa. A un lado un enorme galpón y en sentido contrario un par de hileras de cañas cruzadas precedida de lonjas verdes. Fabián se detuvo a contemplar la quinta que tendría no menos de cincuenta metros de largo.

¿Lechuga y tomates?

Solo adelante, atrás hay espinaca, acelga, zanahorias, berro, albahaca.

En el fondo se veía un hombre con sombrero de ala ancha trabajando bajo un techo de plástico transparente.

¿Y allí en el fondo?

Ahí se están preparando almácigos. ¿Prefiere que nos sentemos aquí afuera o adentro?

Por mi está bárbaro aquí afuera

Para mí también. Con este día es un sacrilegio estar encerrados. ¿Prefiere mate o café?

 – Mate está bien

Se sentaron en un juego de jardín bajo el alero. Él preparó un grabador y sacó un anotador. Ella regresó con una fuente con unas rodajas de budín, un termo y el mate. Desde donde estaba sentado podía ver la entrada al galpón que tenía grandes dimensiones. Afuera un tractor pequeño y una camioneta de una cabina. Ahora veía algo que se le había pasado desapercibido en la entrada; un cartel de chapa con fondo verde y letras fileteadas en un pálido amarillo. Carpe diem.

¿Que significa carpe diem?, preguntó él

Desde lo lingüístico digamos que es latín y su significado es algo aproximado a “aprovecha el día”. El porqué del cartel es una historia muy pero muy larga, que no nos dejaría tiempo para lo nuestro.

Usted manda profesora, pero ahora me clavó la espina de la intriga.

Prefiero que me llame Sara, lo de profesora lo dejo para el colegio. Discúlpeme un segundo y empezamos.

Fabián aprovechó ese instante para sacar algunas fotos del lugar incluido el cartel. La profesora regreso diligente.

Bien, Sara. Mi editor arregló con el Intendente escribir un artículo reflejando la historia de Mar Blanco aprovechando el aniversario. Ellos me la han encomendado a usted para que me facilite toda la información formal. Mi idea es que el contenido tenga algo de historia y testimonios de quienes habitan y visitan el pueblo. Primero me gustaría que me cuente la historia de Mar Blanco desde su experiencia de vida.

Sara Ventura de manera locuaz y desenvuelta hizo un racconto de la etapa fundacional, cuando la zona se pobló por algunos inmigrantes allá en los años 30, hasta que en 1945 durante el gobierno de Edelmiro Julian Farrel se decidió darle al caserío un reconocimiento formal como pueblo. Empezó teniendo un perfil de pescadores, quienes le dieron el nombre por la apariencia del mar en noches de luna llena. Luego se fueron sumando alguna curtiembre y un par de establecimientos agropecuarios. Su madre, una judía alemana llamada Sara Graf, se casó con un aragonés conocido como Santiago Ventura, quien por respetar los designios de su corazón se desterró en esas nuevas tierras, abandonado todo lazo familiar en Buenos Aires. En 1947 nació ella como única heredera del legado de aquel amor proscripto. Veinte años después estaba estudiando Letras en la Universidad de La Plata. Cuando terminó entendió que había muchas razones para volver a Mar Blanco, sin que luego la vida le hiciera ninguna propuesta que valiera la pena como para abandonar el pueblo.

En 1980 empezamos con el proyecto del secundario y ese fue un desafío enorme. Hemos logrado desde entonces formar a muchos chicos que llegaron a Universidades. Algunos, los menos por cierto, han vuelto para trabajar en la zona, lo que es bueno porque aportan un sentido de pertenencia. A pesar de los vaivenes del país, en los últimos años el turismo ha crecido y muchas parejas jóvenes con chicos eligen nuestra playa por tranquila y eso ayuda para generar lugares de trabajo.

¿Y cómo alguien de su formación pudo sobrevivir intelectualmente en un pueblo chico como este?

Ella sonrió y bajó la vista como estudiando la respuesta.

Para mí no ha sido difícil, todo lo contrario. A las vivencias que me transmitieron mis padres, se sumaron las propias, y esa combinación tan especial ha hecho que vea el mundo desde otro lugar, y que sin pretender engañarme, crea con sinceridad que la mía es una buena vida…estoy eternamente agradecida de pertenecer a este lugar.

Nada de lamentos, nada de resignación. Sonaba como una verdad de las que no admiten objeción.

He leído en la información que me dieron en el diario, que una escultura de su marido se inaugurará el miércoles en conmemoración del aniversario.

Ella volvió a sonreír desplegando una hermosa dentadura para su edad.

Alfonso no es mi marido, ni yo soy su esposa. Apenas es el hombre de esta casa, que no es lo mismo ni tampoco es poca cosa. Dirigió la mirada al fondo de la quinta, allí lo tiene, armando los almácigos.

El intento por distinguir sus facciones era frustro a esa distancia. A la distancia solo la apariencia de un quintero.

Sería interesante hablar con él también, propuso Fabián con un gesto como invitando a que ocupara un lugar junto a ellos.

No es un pedido fácil de complacer. Alfonso es un tanto cerrado con los desconocidos, o para ser menos descortés, con los nuevos conocidos. Allí atrás, señalando el galpón, puedo mostrarle varios de sus trabajos. Me gustaría que se conozca más su obra. Es un verdadero artista. Trabaja la madera, la piedra, el hierro. A veces he querido que comparta tiempo con los chicos del colegio para estimularlos, pero no es un espíritu gregario. A veces es bueno dejarlo solo, sentenció con una sonrisa. Tiene sus tiempos.

Recorrieron el enorme galpón que albergaba las inéditas y desconocidas obras de Alfonso, el artista solitario. Algunas obras eran de porte considerable y en líneas generales tenían motivos que transmitían introspección, quizás algo de soledad, pero de mucha fuerza.

Ha vendido algunas obras para estancias y barrios cerrados, pero las veces que le han propuesto hacer alguna exposición no ha querido. Un poco por falta de interés y otro poco para evitar lo social de esos eventos. El es feliz así y lo respetamos. Durante las mañana es quintero y por las tardes artista.

¿Y allí atrás hay más?, preguntó curioso señalando una puerta

Ella sacó a relucir su sonrisa y con cierto gesto de orgullo lo hizo entrar en otra habitación muy iluminada, cálida, con paredes cubiertas por bibliotecas  y un par de sillones sobre el gran ventanal que miraba a un jardín que parecía tener el trabajo de un paisajista.

Aquí es donde tenemos nuestro pequeño paraíso. Gabo, Borges, Sartre, Kafka, Beauvoir, Lispector, Amado. Con Alfonso trabajamos todo el día y a la tardecita nos sentamos a charlar con ellos, le dijo en tono de confidencia como no queriendo que el secreto trascendiera. Él se encarga de las musas de la música y yo me entiendo con la de las letras.

En el preciso instante en que Sara convocaba los espíritus de los grandes maestros, detrás del ventanal, un colibrí se detuvo en el cáliz de una rosa china. Fabián no pudo abstraerse de la composición de la  escena y se entregó a disfrutar ese fugaz momento. Al girar la mirada se cruzó con el gesto vanidoso de la profesora.

Mujer de gran transparencia, pensó Fabián.

Realmente envidiable. Por un momento sentí la magia de esta habitación, confió a manera de complicidad.

Este es nuestro carpe diem.

Se sentaron allí  y repasaron los puntos que entrarían en el artículo. Al mediodía cerraron el encuentro. Caminaron hacia la entrada y se despidieron cordialmente sin agendar una segunda visita. Sin embargo, él volvió sobre sus pasos y sacando el anotador arrancó una hoja y escribió en ella. La dobló.

Sara, lo que le voy a pedir espero que no lo tome como un atrevimiento, pero me gustaría que le entregara a Alfonso esta anotación. Quizás a él le interese hablar un rato. Si él está de acuerdo en vernos, estaré en la posada.

Ella, un tanto sorprendida con el papel doblado en la mano, lo miró a los ojos pero sin sonreír

¿Hay algo que usted quisiera decirme al respecto de lo que aquí está escrito?

Nada especial. Él nos dirá si hay algo que justifique ser hablado. Si para él no significa nada, con arrojarlo a la basura se agota el tema.

Ella quedó mirando como Fabián se alejaba, manteniendo el papel doblado en la mano.

Por la tarde Fabián recorrió el espinel pueblerino y visitó al cura, al intendente y a los parroquianos del club. Paró en un barcito vacío frente a la playa donde el cantinero le sacó charla durante un largo rato. Aprovechó para tomar algunas fotos.

Cuando regresó a la posada no había ningún mensaje.

Cenó en un bodegón y regresó sin encontrar respuesta de Alfonso. Repasó las notas que le trajeron el recuerdo de la expresión transparente de Sara en la escena del colibrí, en su historia y se enlazaron con recuerdos de su propia infancia. Por fin concilió el sueño. Al levantarse lo primero que hizo fue ir hasta la recepción en busca de noticias, pero no había mensaje alguno.

Se sentó un tanto resignado en el comedor con su anotador en mano y se dispuso a desayunar y luego partir. Vio que tenía todo para armar el artículo.

Fabián

Sara, respondió sorprendido mientras intentaba levantarse

No por favor, lo detuvo con un gesto de la palma de su mano

Siéntese usted entonces, por favor

No hace falta. Solo vine para decirle que Alfonso lo espera hoy a las cinco de la tarde.

Bien estaré allí puntual, respondió con cierta excitación en su voz.

Antes que se reúnan, querría que supiera mis sensaciones respecto del encuentro, para que usted lo tenga en cuenta. Yo no soy de manipular la vida de Alfonso como tampoco dejaría que él lo hiciera con la mía. Hace más de treinta años llegó hecho girones a Mar Blanco, e igual que hago con cuanto perro herido encuentro por la calle, lo cuidé hasta que volvió a recuperar su condición de ser humano. No fue fácil. Desde entonces, como ya sabe, es el hombre de mi casa. No hay contrato, no hay acuerdo, simplemente llegó y encontró su lugar. En todo este tiempo hemos vivido de una manera que no imaginé en el mejor de mis sueños. Ahora sabe lo que hay en juego.

Quédese tranquila Sara. Todo lo que hablamos ayer me genera un gran respeto y hasta admiración por usted. No es mi intención generar ningún conflicto. Por eso dejé en manos de Alfonso la decisión de lo que debiera pasar.

Soy una mujer de lucha Fabián, no lo olvide.

La transparencia de Sara para mostrar sus emociones a flor de piel lo turbó. La capacidad de transmitir sus pensamientos de manera corporal y directa hacia inservible cualquier oposición.

La tarde se hizo eterna. Salió a caminar por los médanos y se sentó un largo rato frente al mar, dejando que el viento le lavara la cara. Los recuerdos se atascaron en todas direcciones. Soledades de la infancia, preguntas de la adolescencia, sinsabores de la juventud. Otra vez el balance de la adultez: dos parejas frustras, ningún hijo, una profesión a medias, mucha incertidumbre de destino.

A las cinco en punto se paró frente a la casa de la calle Las Alondras.

Sara lo recibió con un gesto apacible, pero sin sonrisa. Atravesaron el galpón hasta llegar a la habitación de la biblioteca. Al lado del ventanal un hombre delgado de calvicie incipiente y pelo blanco miraba el jardín sentado en un sillón hamaca. Al abrirse la puerta se levantó sin premura y extendió su mano hacia Fabián, quien al estrechársela percibió las callosidades propias de quien las expone al trabajo duro.

Le hizo un gesto invitándolo a sentarse frente a sí. Fabián eligió una silla con apoya brazo. En medio, sobre una mesita, había un termo, el mate y el papel que le había dado a Sara, pero desplegado.

Bueno, los voy a dejar para que puedan hablar tranquilos. Les deje preparado el mate. Si me necesitan estaré en la casa.

Alfonso la acompañó con la mirada hasta que cerró la puerta. La luz que entraba por el ventanal daba de lleno en la cara de Fabián. Alfonso lo miró a los ojos y fue directo al grano.

He leído tu mensaje tratando de entender lo que quería decir, seguramente vos me lo podrás explicar mejor

Fabián noto el tuteo y se incomodó por la actitud frontal con que lo abordaba, y optó por mantener algo de distancia en el trato.

Ante todo Alfonso, gracias por recibirme. No ha sido fácil llegar hasta acá. Creo que empujado por circunstancias de la vida, casi sin pensarlo, me doy la posibilidad de encontrarlo y este es un momento que he imaginado varias veces.

Se hizo un silencio.

Sigo sin entender demasiado. Te advierto que no suelo funcionar con lentitud, pero hoy no estoy muy perspicaz, por lo que te pediría que seas concreto. El papel dice, y tomándolo leyó “Marisa Gutiérrez, San Telmo 1972”

Marisa Gutiérrez es, o mejor dicho fue mi madre. Ella falleció hace unos años. Según creo ustedes se conocieron.

Si, recuerdo haber conocido a Marisa, pero mi memoria es frágil y no soy afecto a visitar el pasado con frecuencia. Yo viví unos meses a unos metros de la carpintería de su padre en Buenos Aires y ahí la conocí. Recuerdo que nos llevábamos bien. Después, tuve que mudarme del barrio. Nunca más volví, ni tampoco supe nada de ella hasta este momento. Yo tendría unos 22 y ella quizás 18 o 19. Éramos chicos.

Tenía 17 años.

Ahora el silencio se hizo más prolongado y denso.

¿Y cuál es tu idea?  preguntó Alfonso tratando de que Fabián desembuchara.

Mi madre me crió sola unos años, hasta que se casó. Cuando crecí no me dieron mayor información  respecto de quien era mi padre y tal es así que para muchos, yo terminé siendo el hijo del esposo de mi mamá. Para ella ese era un capítulo cerrado. La referencia aparecía solo para descargar su bronca alguna vez que me mandé una cagada importante con aquello de “vaya uno a saber donde estará el malparido que te ha metido el diablo en la sangre”. Crecí con esa espina clavada y la cabeza me trabajaba cada vez mas. Cuando estaba en algún quilombo me preguntaba ¿quién será mi padre?  ¿cuánto de lo que yo soy, tendrá que ver con sus genes?. Una noche en la carpintería hablamos con el abuelo de muchas de las cosas que me angustiaban y recuerdo que en un momento me puse a llorar sin poder parar. Lo siento como si fuera hoy. Él me tenía abrazado acariciándome la cabeza y en ese momento yo ya era un pelotudo grande. Me vio destrozado y me contó su versión de esa historia oculta. Me dijo que mi madre se había enamorado de un atorrante del barrio y que mantuvo ese amorío sin que la familia supiese nada. Un día el fulano desapareció y al poco tiempo ella se dio cuenta que estaba embarazada. Me contó que fue un drama. Mi abuela se deprimió y casi se muere, mi abuelo le prohibió a mi madre salir de la casa y cuando nací, se hizo silencio stampa. Esa noche me dio un nombre. Alfonso Álvarez Pimienta. Me quedó grabado a fuego y paso a estar omnipresente en mi lado oscuro, ese que tenía que ver con los fracasos, las frustraciones. No intenté mover un dedo para ubicarlo, el asunto era solo invocarlo cuando las cosas salían mal, como un chivo expiatorio. Lo imaginé muerto, preso, desaparecido, pero jamás hice nada para averiguar si todavía existía. Hasta hace un mes, en que el editor me propuso este artículo y en la reseña que me dio, figuraba la escultura de un artista plástico local. Caí en shock. No podía salir de mi asombro. La puta vida me empujaba a sacarme las vendas de los ojos. Sentí pánico. Me di cuenta que tenía la posibilidad de saber quién me había cagado la vida y que quizás….

Un nudo en la garganta lo hizo callar. Alfonso lo miraba sin mover un músculo de su cara. Permanecieron callados una eternidad. Fabián enjugó sus ojos húmedos, respiró profundo  y se hizo un ovillo con la cara sobre sus palmas.

Aquellos años son como una nebulosa, respondió Alfonso con un hablar muy pausado. Había salido de la colimba y con la excusa de trabajar me quedé con un hermano en la Capital. Al poco tiempo me encontré vagueando todo el día sin pretender llegar a ningún lado especial. No era de hacer muchas juntas, simplemente andar por acá y por allá haciendo como que estaba aprendiendo lo que era la vida. Ahí la conocí a tu madre y no tengo para decir mas que era una chica agradable. Un día, en el 75,  llego un compinche de mi hermano diciendo que nos teníamos que rajar porque estábamos en una lista.  Terminamos en el sur de Brasil donde nos quedamos unos años. Yo después volví solo y me fui al Bolsón hasta que un verano aterricé acá en Mar Blanco, en la época de las Malvinas. Podríamos decir que en ese momento toqué fondo y una noche pasado de alcohol tuve una hemorragia. Vomité sangre hasta casi morir tirado en la playa. Me levantaron creo que en un último aliento. Cuando desperté me encontré en el hospital con Sara.  Ella me tiró un salvavidas y lo agarré. Estaba lleno de miedos. El único camino que había conocido era el de ir cuesta abajo. No me creía capaz de tener la fuerza para no seguir cayendo. Una noche la Alemana me sentó en la cocina de esta casa y me contó la historia de su madre que en los años de la guerra había vivido todas las vejaciones y degradaciones posibles, pero que el día que con el marido pisaron este lugar se pusieron una sola consigna, el Carpe diem. Vivir cada día sin pensar en mañana siguiente. Y ella me lo propuso a mí, no tener otro objetivo al levantarme que no fuese vivir el hoy. Esa noche lloré igual que vos ahora. Al día siguiente empecé, ladrillo sobre ladrillo, hasta que volví a ser yo. Como ella dice ( y se le dibuja una sonrisa) soy el hombre de esta casa. En estos treinta años jamás me calenté por hacer un plan para mañana, ni dejé que la incertidumbre de un mañana me cagara lo que tenía entre manos.  Jamás me propuse dejar el alcohol de por vida. Solo pretendía no tomar hoy. Y si ayer me había traicionado hoy duplicaba esfuerzos para no decepcionarme otra vez.

Dejó la mirada perdida en el jardín. Pasó largo rato y la habitación entró en penumbras.

Creo que estaba medio muerto, pero no me daba cuenta. A veces cuando trabajo en el taller o en la quinta, siento placer de meter las manos en la tierra, en los fierros, en la piedra porque me da la sensación de estar vivo.

Hizo una pausa como pensando en lo que iba a decir y Fabián aprovechó para advertirle.

Te aclaro que no vine a buscar un padre. Alguna vez lo necesité, pero no hoy. Solo quería buscar señales que me permitieran entender como llegue a los 40 años con una vida de mierda. Pensé mucho en este momento. Me conformaba con cerrar un capítulo con algunas certezas. Hoy me doy cuenta que para mi madre eras la imagen de sus frustraciones, pero que para vos ella, no era nada especial. Quizás ella lo presentía y por eso no hizo ningún intento por buscarte, porque aterrada en sus 17 años sabía que estaba sola, ella y su vergüenza, que me guste o no me guste, era yo.

El resplandor de de las luces mas allá del ventanal apenas permitían adivinar sus siluetas.

Alfonso se levantó y prendió una lámpara. Miró hacia una de las bibliotecas y como si estuviera en un escenario se encendió en un discurso con vehemencia.

Acá estamos, vos medio guacho y yo, como decía tu madre, un malparido, ¡qué digo un malparido! ¡un grandísimo hijo de puta! Y bien, ¿con eso qué?  Podemos escondernos en nuestro destino oscuro, esperando que alguien nos lleve al cadalso y mientras tanto dejar pasar la vida mirando para adentro ¿a dónde carajo nos llevaría eso? En mi humilde opinión a ser dos verdaderos pelotudos, no te quepa duda.

Fabián se irguió en la silla como para retrucar una defensa pero Alfonso no le dio lugar, en actitud teatral se colocó la palma abierta detrás de la oreja y lo invitó a seguirlo. Intrigado entonces con la actuación lo dejó hacer.

Escuchá como nos gritan todos estos tipos, remarcó elevando la voz y señalando los libros en las estanterías, como si allí existiera una multitud de personajes. Cada tarde me siento a escucharlos. Mira al pobre Kafka, su padre lo tiene con un palo en el culo de la mañana a la noche y dice “el ser humano atormentado por sus demonios se venga inconscientemente de su prójimo”. Escuchala a  Anita que hace tres años que vive en un altillo y morirá sin llegar a los 17 ” no pienso en toda la desgracia, sino en toda la belleza que aún permanece”. Ahí está mi amigo el doctor Frankl que se lo llevan  tres años de vacaciones a Dachau y Auschwitz, allí donde harán jabón a toda su familia. ¿Sabes que nos dice? Que escuches al maestro Friederich “Quien tiene un porqué para vivir, casi siempre encuentra el cómo”

Sin dejar que Fabián metiera un bocadillo siguió con su arenga

Escuchá al niño Cortázar que tiene apenas 6 años el día que el papá se pira para siempre ¿y qué dicen en casa de los Saramago donde no se cuenta ni un cobre? Miralo a Steve Jobs de veinte años, sin estudio, sin dinero, abandonado en manos ajenas desde que lo parieron ¿Esperás verlos moquear mendigando un poco de compasión? ¡No! dicen  ¡Levántate y anda!

Pero Alfonso, intentó interrumpir Fabián

–  ¿Sabes quién me martillaba la cabeza cuando quería bajar los brazos y chuparme la vida entera? El negro Mandela y me decía “la mayor gloria en la vida no consiste en no caer, sino en levantarnos cada vez que caemos”, ¿Qué dice el tullido Stephen Hawking? ¿Por qué a mí y no a un analfabeto? ¡No! ¡una y mil veces no! Todos ellos nos dicen…. que la vida sigue y vale la pena. Nos dicen carpe diem. (Sentándose en el sillón hamaca y bajando la voz) Nos dicen que aprovechemos este momento, que no bajemos los brazos, nos dicen que la vida se construye no de un empujón de la suerte, sino del día a día de la voluntad. ¡Arremangate, mete las manos en la tierra y sembrá! No tuviste a tu padre biológico, ¡touche ! Si tuve algo que ver lo lamento, lo lamento en serio, pero estate seguro que no hubiese sido un buen padre. Pero no es motivo para detenerte, no te perdiste demasiado, aprovecha el resto de tu película que seguramente estará mejor.

Quedaron inmóviles un largo rato

Un observador imparcial diría que las sombras de la noche encontraron espíritus desnudos e inquietos. Múltiples imágenes cruzándose en el campo de los pensamientos donde la puja es entre la realidad y el yo subjetivo que todo lo puede alterar.

¿Te gusta la música?, murmuró Alfonso, ¿te gusta el Gato Barbieri?

– No lo conozco

Alfonso sonrió, se acercó a su escritorio.  El sonido de un saxo inundó la habitación

Este es otro de nuestros habitués. Este lugar tiene su magia, ¿la sentis?

Algo, respondió recordando al colibrí del día anterior. Me doy cuenta que vengo de historias complicadas, pero yo soy parte de los daños colaterales de lo que ustedes fueron. En definitiva mi vida empieza atada a las decisiones de ustedes.

Es verdad … pero bueno, ya sos un hombre y vos decidís que va en cada lugar. Con la Alemana aprendí a poner mis miserias  en el lado luminoso, para sentirme menos miserable. Ella me repetía que si se tapan se pueden convertir en un cáncer, o en algo peor todavía. El carpe diem ayuda a ocuparte del ahora, sin atormentarte de cuánto realmente vale tu vida. En mi caso, hace mucho que mande al carajo mi lado oscuro. Gracias a Sara me di espacio para respetarme como soy. ¿Sabías que Carlitos Chaplin nació entre gitanos y que a los tres años el padre los abandonó? ¿escuchas lo que nos está diciendo?…. dice que nos dejemos de joder.

Fabián Reinoso sonrió.

Se quedó hasta que la noche se convirtió en madrugada, llevado por historias desconocidas en boca de un desconocido.

En algún lugar estaba satisfecho que no estuviera muerto, ni preso ni desaparecido, aunque no por eso dejara de ser un malparido. Como bien le había dicho Sara, “a pesar de no tener un espíritu gregario, era alguien a quien se podía disfrutar cuando se abría“.

No hubo abrazos, ni promesas de nuevos encuentros. Solo un apretón de manos que marcaba el inicio del siguiente capítulo.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

6 comments

  • Hermoso!!!! Doctor, contaré con su presencia en los talleres de escritura este año?

    Enviado desde mi iPad

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  • Bálsamo para aquellos que, aún “por esas cosas de la vida” no han encontrado su ADN biológico (si vale). Hay madrazas (también padrazos o tutores, o tal vez, los dos a la vez), y son miles y miles…, como la historia desde que existe da fe, donde el nexo biológico o no, es accidentalmente una anécdota, nada más y nada menos; tanto como a la inversa, un mal parido o nunca bien querido que aún con el “sello” de los dos ADN gestantes, con papeles (sic) y todo lo requerido, no bastan, también da fe la historia.
    Los primeros años de un ser humano, sean por “ser un mal nacido, o no querido, o no deseado”, o a secas… abandónico (como hoy en día le llaman), o perversamente criado por circunstancias imprevisibles e innumerables motivos, venga de donde vengan, son una quimera.
    Bálsamo y guía en tanto que, la filosofía del “Carpe dem” te asista con inquebrantable convicción, situación o subjetividad no común en la mayoría de los mortales.
    Pero claro, lo anterior pertenece al plano del análisis de un lector, nada más…, que se sustrae del actual relato (lo cual a la vez “te moja la oreja”), y uno puede elucubrar, filosofar, concluir, etc., como tantas opiniones habrán o, sensaciones podrá disparar.
    Ahora, que este relato cuente con una buena dosis de suspenso y creatividad, y que a través de su lectura hasta un determinado punto lo hagan impredecible en su remate, no hace más que hablar del gran ingenio del autor.

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    • Creo que mata la incertidumbre por desconocer los orígenes que no el aceptar la realidad que nos toca. El “carpe diem” tiene la profundidad que da la sabiduría. ¿Que mas importante que disfrutar tu día? habida cuenta que nadie es dueño del mañana.

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