La Foto (Cuento)

Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros.
                                                                               Julio Cortazar – Las babas del diablo

El mediodía pegajoso y pesado de Hoi An se va yendo de la mano de la lluvia que comienza perezosa, pero que promete ser pertinaz. La terraza del hotel observa el río que ahora bajo las gotas de lluvia se motea como una pintura impresionista. En la margen de enfrente un rancho de chapas desvencijadas y un par de vacas flacas en el patio de atrás. Un campesino sentado en la rama un árbol se fuma un cigarrillo que protege de la llovizna bajo el ala de su sombrero cónico.
La Nikon entronizada en el trípode tiene su mira dirigida a ese cuadro de vegetación y pobreza que aparece como el escenario apropiado para retratar a pescadores que en cualquier momento remontaran el río con su carga del día. Arturo hace un par de disparos de prueba regulando el diafragma y el tiempo de exposición, ajustándolos a la luz disponible. Repite un par de tomas más, hasta que por fin queda satisfecho. Inicia la espera. Mira hacia el sudeste. Nada todavía.
Hace una rápida revista de reojo por la terraza, mientras pide una Saigon. Algunas mesas están ocupadas por turistas que no prestan atención a sus preparativos. En la mas próxima, pocos metros detrás de él, una pareja habla en susurros pero con ostensible intensidad, como aquellos que no son de compartir sus cuitas domésticas con ajenos. Es apenas una observación fugaz, pero en la que se perciben los gestos enérgicos, las miradas duras que no se esquivan. Arturo vuelve la vista al sudeste mientras trata de ajustar el alcance de su oído tísico para adivinar sin éxito en que idioma hablan. A pesar de que poco es lo que alcanza a escuchar, en el idioma universal de los gestos, podría decirse que esos cuerpos gritan.
En el horizonte se empiezan a dibujar pequeños puntos.
En la misma dirección una columna hexagonal de la terraza tiene los lados cubiertos por espejos biselados. En ellos puede seguir las reacciones de la joven en una imagen estéticamente distorsionada por el ángulo diferente de dos de los espejos y sus biseles. Ahora sin mayor pudor la observa con detenimiento, libre del riesgo de ser descubierto en el fisgoneo. Fotográficamente hablando, en el recuadro establecido por los bordes de los espejos aparece solo el rostro de ella, que ahora agacha su cabeza intentando seguramente encontrar los ojos de su pareja que quizás ha bajado la mirada para escapar a la interpelación. Ella monologa. Ella inquiere. Ella recrimina. Su piel blanca apenas bronceada, quizás con algunas pecas sobre los pómulos, el cabello rubio que cae lacio enmarcando su cara redondeada, nariz recta y diminuta, boca también chica. Facciones que parecen sajonas.
A menos de un kilometro se acerca una fila de pequeñas embarcaciones. En un acto reflejo, Arturo vuelve a chequear el encuadre de su foto. Se echa un trago de la Saigon y vuelve sus ojos nuevamente hacia los espejos. Ahora ella ha tomado un descanso y oculta sus ojos alterados bajo anteojos de sol. Pero como habiendo recuperado el aliento vuelve la vista en dirección de su pareja y recomienza su acoso. Probablemente la trama encierre una decepción o una puja de intereses, o mucho mas que eso, puede que se trate de una traición, de promesas incumplidas de amor eterno, de frustraciones que se repiten con un cambio que nunca llega, de una ruptura inminente.

En el reclamo de ella se adivina ahora … angustia. Quizás un nudo en la garganta, lagrimas a punto de desbordarse.

A menos de quinientos metros avanza la columna de botes que vienen contracorriente, empujados por sus motores de cuatro tiempos. Vuelve la vista hacia los espejos y encuentra que la escena ha ganado en tensión. En el costado izquierdo del recuadro aparece el brazo de él sobre los que se apoyan los dedos de la mano de ella, quizás mas que se apoyan se hunden y seguramente con ellos sus uñas también se clavan un tanto sobre la piel. La mano de él toma ahora su muñeca, seguramente estrujándola con fuerza, lo que se adivina en el gesto de dolor que se dibuja en el rostro de ella. La imagen patética destila violencia.
Las embarcaciones se acercan al punto de enfoque. Quizás cien metros, o menos.
Abruptamente alguien se mueve a sus espaldas. Siente una silla que se corre. No puede evitar girar la cabeza y ver la espalda del acompañante que se aleja. Dirige la mirada entonces al cuadro de los espejos. Ella se enjuga las lagrimas bajo los anteojos, se calza un sombrero. Su mirada se pierde en la columna de embarcaciones que remonta el río y deja que su perfil se dibuje claro y centrado en los espejos que ahora regalan una imagen única en dos perspectivas que Arturo no puede resistir. Repentinamente toma su cámara sacándola del trípode y enfoca hacia el sudeste, en dirección al recorrido que hicieron las embarcaciones, pero en su visor no se reflejan pescadores sino solamente ella, con su dolor en un instante único, perfecto. Guiado por el accionar instintivo de su dedo indice derecho toma tres, cuatro, cinco imágenes y luego con celeridad devuelve la cámara a su posición en el trípode. Pero ya han pasado el primer par de embarcaciones. Les siguen unas cuatro mas sobre las que abre fuego intentando hacer las mejores tomas pero ya sin certeza de haber logrado el mejor encuadre. Cuando la ultima traspasa unos veinte metros la linea de su perspectiva, vuelve la mirada hacia los espejos, pero ya no encuentra a la mujer. Gira la cabeza y ve una mesa vacía. Mira el río y las embarcaciones ya se han alejado unos cincuenta metros. Mira el rancho desvencijado de la otra orilla y no esta ni el campesino ni las vacas.
El universo que lo rodea es invadido ahora por ausencias. Exhala un suspiro y como para digerir mas rápidamente la nada, la empuja con un sorbo de la Saigon.
Toma la cámara y a través del visor empieza a hacer un recorrido por las fotos obtenidas buscando la presa de mejor porte, la que luego merezca ser guardada. El resto, bien lo sabe, terminaran en una papelera de reciclaje.
Por fin retrocede hasta la imagen de la mujer. Ahora con todo el tiempo a su disposición se detiene a observar los detalles, su rostro joven, un rostro doliente, el sombrero de paja con un pañuelo atado, los anteojos, un par de pecas en su mejilla, un pequeño tatuaje en la muñeca. Arturo piensa en las fotos, de la mujer y de los pescadores. Son apenas instantes robados de historias ajenas, que en en sus miserias, de dolor, de conflicto, de hastío, encierran también el secreto de la vida misma, porque esos pequeños momentos seguramente se repitan, pero con otros desenlaces y entonces quizás no llueva, la pesca sea generosa, la mano sea acariciada y entonces todo resulte igualmente perfecto, aunque él no esté para retratarlo.
El mediodía pegajoso y pesado de Hoi An se fue de la mano de la lluvia que comenzó perezosa, y que ahora es pertinaz.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

6 comments

  • Excelente. Cada fotofrafia es asi. Tienen vida. Encierran momentos vividos en un insatnte del pasado que nunca se vuelve a repetir y eso es simplemente la vida y vivir.

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  • Instantes, escenas, personas, y paisajes que, ensamblados, cautivan en su lectura. Arturo con su cámara y con sus ojos no hace más que robarle un minúsculo pedacito a la “comedia humana”; la selección de determinados imágenes y escenas vitales, son apenas parte de un cuadro pretérito y todavía aún no fenecido que, Arturo sometió al tamizado de su sensibilidad y subjetividad, las cuales son intransferibles, pero que dejan al lector en total libertad para que lo asuma con los recursos que mejor le sienten. Hermoso cuento!

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    • Como siempre Ramon, es bueno que el lector tome parte de la historia y la maneje de acuerdo a lo que su sensibilidad le permita. Por otro lado es muy grato tener el hábito de buscar imágenes que nos ayudan a pintar la vida.

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  • … además Cortázar en sus disquisiciones sobre géneros literarios decía que la foto era lo que para la escritura el cuento. Brevedad, expresión condensada, impacto.
    Es cierto que sobre una foto se puede recrear el momento, vívido o mágico. Diferir sentimientos y encontrar respuestas en su silencio.
    Para mí, agrego, una foto es un final abierto.

    “La foto”, escrito por un excelente observador.

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    • Gracias Silvina por tu mirada, porque como siempre, el lector termina enriqueciendo con su imaginación las palabras escritas.Una foto rescata de su fugacidad lo que es un momento, para trasformarlo en una pincelada de intensidad que le damos a la vida. Algunas fotos han marcado épocas, pero muchas otras aparecen inesperadamente en un cajón, en un libro, y nos llevan a través de recuerdo o la imaginación a un mundo profundo y cautivante.

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