La abeja reina y la ridícula sombrilla rosa (CUENTO)

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Cuando se ve una cosa bella, se quiere poseerla. Es una inclinación natural que las leyes han previsto.

                                                                                                             Anatole France

El sol se trepa sin pedir permiso por el horizonte y hace desperezar los esteros. Mientras, un rayo de luz se filtra por la hendija de la cortina y avisa que comienza el día.

Juan se levanta del camastro arrastrando su modorra hasta la puerta y casi en un acto reflejo le echa una mirada al embarcadero. Todo está en su lugar. Sale al patio y se planta de cara al cielo estirando los brazos en cruz para destrabar  las coyunturas.  Zamarrea la palanca de la bomba que escupe agua a borbotones por la canilla y  la reparte por la cara y la cabeza, se pasa una barra de jabón por los sobacos y se hace de un trapo que quizás una vez fue toalla.

Como quien repite la rutina de un silencioso ritual, entra en la casa y coloca la pava en el brasero. Llena el porongo con yerba y tapando la boca con su palma lo pone hacia abajo, lo sacude dejando que los palitos se acomoden. Ante el primer chillido de la pava, echa un chorro de agua caliente sobre la bombilla.

Vuelve al patio y bajo las ramas de un sauce, se da un rato entre mate, pan y miel preparándose para la jornada que está por comenzar. Un carpintero aterriza en un charco de agua y después de darse un chapuzón matutino vuela a posarse sobre las chapas del rancho. Se sacude y deja que sus plumas expuestas a un sol todavía tibio, se terminen de secar.

Juan agarra el bolso con las herramientas, hace veinte metros y baja hasta el embarcadero donde un carpincho le echa una mirada sin entusiasmo, echado a la sombra de los árboles. Se sube al bote, acomoda los chalecos salvavidas, carga de gasoil el tanque y revisa una soga de amarre que esta masticada por algún bicho.

Un grupo se acerca en tonos de voz acordes con la hora. Faltan cinco minutos para las siete y ese será el primer contingente de la jornada. El guía se le acerca para preguntar si esta todo en orden. Juan asiente y entonces los turistas son invitados a subir al bote, de a uno y con cuidado. Apenas pesca algunas palabras de lo que están hablando, pero asume que es ingles. Sin embargo cuando hablan entre ellos las palabras son más duras.

– ¿De donde son estos gringos?

– Alemanes

– Ah,… me parecía.

Juan les echa una mirada a manera de inspección antes de arrancar, se acerca a uno de ellos y le hace señas para que se abroche la pechera del salvavidas. Enciende luego el motor y dirige el bote haciendo un recorrido paralelo al puente de ingreso a la Colonia, luego gira hacia un islote donde hace unos días se instaló una familia de chajáes y que será la primera parada. Así sigue durante casi dos horas avistando pájaros, espiando yacarés y dejando que los invitados acechen con sus cámaras algún ciervo a la distancia. Al llegar al final del recorrido uno de los gringos le estira un billete verde de diez que Juan y el guía agradecen. Luego el patrón se los cambiará.

Aprovecha un rato a tomarse unos mates tirado en una hamaca bajo un jacarandá de  flores azules, hasta que llega el segundo grupo. Un par de parejas y una mujer. Juan le da una mirada de reojo a la joven y advierte que las carnes están donde corresponden. Parece estar sola.

El sol sube y calienta.

Mas servicial que en el contingente  anterior, Juan ofrece una mano para ayudar a subir, prestando especial atención a la mujer solitaria a quien sostiene con mayor firmeza, a los fines de mostrar virilidad. Ubica a las dos parejas y al guía al frente del bote y deja que la joven se siente inmediatamente delante de él. La blusa liviana permite corroborar que la mercadería es buena. Piel blanca como un jazmín, pelo negro azabache y suelto sobre la espalda, con anteojos negros calzados sobre una diminuta nariz. Delicada como toda hembra de la ciudad. Le ayuda a colocarse el salvavidas. Ella se acomoda los antejos y saca de su mochila una sombrilla rosa que abre sobre su cabeza en dirección al sol que sube en el cielo. Juan sonríe mirando un personaje que no encaja con lo agreste del escenario.

– Disculpe señorita, cuando arranque el bote la sombrilla volará y tengo miedo de perderla a usted también, le advierte haciendo relucir sus dientes en una ancha sonrisa.

Ella sin dirigirle palabra alguna cierra la sombrilla, la carga en su mochilita, se acomoda rápidamente el pelo en una trenza y se calza una gorra de visera larga.

Inician el recorrido y en cada parada Juan aprovecha para hacerle un gesto, un comentario al oído, una mirada, para que ella descubra a través suyo los secretos de la vida del estero.

– Mire detrás de aquellos juncos, le susurra al oído como no queriendo que nadie más que ella advierta la información, nos está mirando….¿lo ve?

Un ciervo estira el pescuezo clavándoles la mirada desde un pajonal. Ella le apunta con la cámara y un segundo después del disparo el animal brinca hacia otro islote dejando tras de sí el ruido de sus zancadas chapoteando en el agua.

– ¿Que fue eso?, pregunta sorprendida la mujer regordeta que iba al frente

– Un ciervo, responde Juan, acá la señorita le pudo sacar una foto

– Que suerte tuvo, dice lamentándose la mujer mientras prepara su cámara para no desperdiciar una segunda oportunidad….si esta aparece

La joven gira su cabeza hacia Juan con una sutil sonrisa en sus labios, casi enigmática sonrisa. Juan siente un golpeteo de sangre en el cuello y le devuelve con picardía un gesto ganador.

Cuando regresan al embarcadero, mientras el guía se encarga de despedir a las dos parejas y recoger una propina, Juan ayuda a la joven a bajar y al hacerlo

– Si usted quiere puede tener al mejor guía para recorrer la Colonia …. sin compromiso para usted señorita….solo por el placer de acompañarla, le dice tratando de dominar los latidos de su pecho.

– Podría ser…veremos…

– Si usted quiere la puedo esperar aquí a las 6 de la tarde, ya verá que no se va a arrepentir, nadie le podrá mostrar como yo los esteros.

– ¿A las 6?…. dando media vuelta abre su sombrilla rosa y se aleja meneando sus caderas apretadas bajo el rajante sol del mediodía

– La estaré esperando, le gritó Juan mientras ella deja un aura al alejarse.

Juan encara para el rancho mientras no puede contener la excitación por la hembra que tiene al alcance de sus manos. Seguro que vendrá, seguro, se dice para si como queriendo inyectarse confianza. Un cazador percibe cuando la presa esta a tiro y él sabe que si ella vuelve no podrá escapársele.

Llega la tarde y ella vuelve.

Encuentra un Juan reluciente, de cara lustrada y feliz,  en bombachas batarazas y alpargatas nuevas.

Ella enfundada en calzas negras y blusita blanca con sus anteojos negros y la sombrilla rosa.

 ¿Y cómo tengo que llamar a la dama?

– Reina

Él arranca el recorrido llevando el termo bajo el brazo y su porongo en la mano. Cruzan el puente mientras que él ameniza con historias, fábulas y relatos de la Colonia. Caminan por el montecito que frente a la casa del guardaparques alberga a una gran familia de monos, y ella captura certera carpinchos y corzuelas con su cámara.

Se sientan frente al estanque para ver despedirse al sol y él le cuenta el significado de palabras en guaraní.

Se quedan un rato mirando decenas de abejas revoloteando alrededor de un panal y él le cuenta como de chico había trabajado en las colmenas del patrón.

– A la noche salen las excursiones nocturnas para ver los animales que andan de caza. Mi lancha tiene unos reflectores potentes para poder verlos

– Si, ya me ofrecieron la excursión en la hostería

– Pero nadie puede mostrársela como un servidor , aseveró él con sonrisa de oreja a oreja.

– Supongo que no, respondió ella con su sonrisa de mona lisa.

– Si quiere a las 10 la pasaré a buscar por la hostería

– Prefiero que nos encontremos acá

– Por supuesto, aquí estará su guía de tiempo completo, respondió él sin poder contener el corazón que le saltaba en el cuello.

Ella se alejó meneándose en la media luz de la tarde que se iba, con su sombrilla calzada en la mochila.

Juan no puede dejar de pensar en sus manos explorando el cuerpo de ella. La adrenalina estimula sus deseos y estos lo hacen soñar despierto. Piensa que toda mujer dispuesta a subirse en el bote de un hombre sin otra luz que la que dan la luna y las estrellas es porque está dispuesta a entregarse y si alguna duda a ella le queda, él como un hombre que se precia de hombre,  se la deberá aclarar.

Espera la hora en el rancho cuando llegan un par de amigos a invitarlo a ir al bar

– Que pinta Juancito, ¿andamos de caza?

A veces en la Colonia se ha compartido alguna juerga con mujeres de paso, pero esta no era mujer para compartir.

– No, es que me han conchabado para sacar a pasear unos gringos que son un poco presumidos y el patrón me ha pedido que este lo mejor puesto posible… y ya se me está haciendo la hora muchachos…y me estoy yendo nomás.

Pasa el tiempo y lo asalta el temor de que ella no aparezca. Saca una petaca de ginebra y le echa un pico buscando ir calentando la sangre.

Por fin ve la silueta de Reina dibujarse bajo las luces del puente. Juan siente que se le enciende el alma.

– Acá la está esperando su guía, como un solo hombre, la recibe con una sonrisa, vamos yendo que ya los esteros nos esperan.

Juan lamenta no hacerla caminar delante de él para poder disfrutarla mejor,  porque ella no conoce  el camino, pero a cambio le ofrece su mano para guiarla en medio de las sombras. Le gusta el contacto con una mano chiquita y suave, muy suave.

– No tenga miedo señorita que si me sigue de cerquita no se va a tropezar con nada

Del cabello húmedo de Reina le llega un fuerte aroma a hierba.

– Súbase por acá y a ponerse el chaleco, mientras él se arrodilla frente ella y se lo abrocha con minuciosidad.

Pone en marcha el motor y el bote cruza el estanque bajo una luna llena que parece haberse vestido para la ocasión. Ella le pide que le enseñe a manejar y él la hace sentar a su lado apoyándole una mano en la cintura y hablándole al oído lo suficientemente cerca como aspirar en plenitud el aroma de su pelo.  Ella toma el timón del motor bajo la mano de él.

Recorren camalotes buscando encandilar con el reflector los ojos de los yacarés y paran el bote para sentir solo el ruido de la noche y es entonces que él busca con sus labios el cuello de ella y luego intenta atrapar su boca pero ella se echa hacia atrás. Él sabe que no hay espacio para ningún escape. Aferra con fuerza sus muñecas y busca nuevamente sus labios

– No me lastimes, me duele…

Suelta sus muñecas y usa las manos para desprenderle el chaleco y luego acariciar sus pechos sobre la blusa. Ella quieta no se resiste. El besa su rostro, su cuello, pero ella no entrega sus labios. Las manos de Juan torpemente empiezan a desprender las ropas de ella, pero Reina lo detiene

– Espera, y ella se saca la blusa dejando sus pechos desnudos a la luz de la luna

Él también deja su piel descubierta para poder abrazarla con su desnudez. La coloca sobre él para poder disfrutar la imagen de su silueta desnuda recortada sobre las luces del firmamento. Siente que la hace suya y que nada en ese momento, puede hacerlo más feliz. La música de la noche, la luna, las estrellas y el cuerpo de una mujer. De pronto ella se yergue sobre él, clava sus dedos pequeños en su espalda y le hace sentir que es poseído. Después ella deja que su cuerpo se acomode sobre el de él. Se quedan quietos. Solo el bote con pequeñas oscilaciones acuna los cuerpos desnudos en su interior. Pasa un rato largo y ninguno de los dos se mueve…..él piensa que no quiere  romper el hechizo de esa noche de magia. Por fin ella busca a tientas su ropa mojada en el piso del bote y como puede se las acomoda. Él se sienta y la mira queriendo adivinar sus pensamientos. Ella toma su mochila, saca una pequeña botellita y sorbe su contenido.

– ¿Qué es eso Reina?

– Licor de miel

Hurguetea en su mochila y saca otra botellita que se la extiende a él. Un hombre no acostumbra tomar licor de miel sino más bien una cerveza, un vaso de vino o una copa de grapa. Esta tentado de buscar la ginebra que tiene en el bote, pero el sentido común le dice que no es bueno despreciar a la dama. Al fin y al cabo, nadie tiene que enterarse que él ha tomado esa bebida de viejas. Echa mano de la botellita y luego de mirarla con resignación se la manda en un fondo blanco. Siente detrás del gusto dulce del licor otro más amargo, como el que puede provenir de un cardo. Ahora se le hace que un sorbo de ginebra le caería mejor. Busca la botella en un costado del bote y se prende del pico. Ella lo observaba con esa media sonrisa extraña. Él le estira la botella pero ella la rechaza con un leve gesto. Se quedan un rato sin hablar, simplemente se miran  dejando que se escape algún pequeño gesto, no más que eso.  Juan se viste, o lo intenta, porque siente que no coordina para ponerse la bataraza….hace un esfuerzo,  pero su cuerpo se cae pesado sobre un costado mientras la imagen borrosa de Reina recortada sobre las luces del firmamento se inclina sobre él. Ella acomoda la cabeza de él sobre un montoncito de ropa.

– ¿Qué me pasa?

– Quedate tranquilo Juan, ya estás en mis manos, en las manos de tu abeja Reina.

Intenta incorporarse pero su cuerpo no responde. Los brazos no pueden sostenerlo y cae nuevamente.

– Mujer, arrancá el motor y llevame a la Colonia

– Tranquilo Juan, estas en mis manos …. ya está.

– ¿Qué me pasa mujer?

– Pasa que sos mi zángano ¿sabes cuál es la historia del zángano?

– ¿De qué carajo me hablas mujer? Llevame a la Colonia te digo

– El zángano cree nacer en condición de privilegio por ser macho, grande, fuerte….pero la realidad es que están solo para satisfacer a la Reina y el día que eso ocurre se descartan.

Juan abre con fuerzas sus ojos y nota que la imagen borrosa de Reina está rodeada de estrellas que se multiplican y no entiende de que habla la mujer. De a poco siente que recupera la sensibilidad en los brazos y las piernas pero igual no se puede mover porque está….está atado. Tiene las muñecas y los tobillos atados.

– ¿Qué carajo me hiciste puta de mierda?

– Este es el momento en que el zángano se da cuenta que es impotente. No importa que sea macho, que sea grande, que sea fuerte. El está en manos de la abeja Reina.

– Soltame loca de mierda, sino cuando te agarre no te va a reconocer ni tu madre.

Ella busca en la mochila y saca una jeringuita mientras que él se retuerce sin éxito para desatarse. No puede darse cuenta que con los brazos sujetos al asiento y las piernas envueltas en la cadena del ancla no hay posibilidades de incorporarse. Ella toma un remo y acerca el bote a un camalote donde brillan los ojos de un par de yacarés.

– Quedan solo tres minutos Juan, mientras le aplica el contenido de la jeringa en el brazo.

Juan siente que no es dueño de su cuerpo y que bruscamente no puede meter aire en los pulmones ni tampoco gritar por ayuda. Sus ojos se inundan de lagrimas. Ella desata sus brazos, empuja su cuerpo inerte por un costado del bote dejando que se sumerja de a poco en el estanque.

– Chau Juan

El cuerpo de Juan con el ancla atada a sus pies comienza a sumergirse ayudado por el remo con que Reina empuja su pecho desde el bote. El mira la silueta de ella recortada en las luces del firmamento que van disminuyendo…. hasta que se apagan por completo.

Los meses han pasado y en la Colonia no se ha recuperado la tranquilidad perdida.  Un bote con turistas descubrió un brazo que un par de yacarés se estaban disputando en un camalote. Las comadres dan un secreto a voces y es que son los restos del pobre Juan, el del bote,  que hoy ya es personaje de historias, fabulas y relatos de la Colonia.

Muy alejado de los esteros, en un pueblo de la quebrada jujeña, bajo un impiadoso sol de noviembre, el guía galantea a una turista francesa, pero no puede quitarle el ojo a una joven de piel blanca y pelo negro, que se pasea con sus apretadas calzas, protegida bajo una ridícula …. sombrilla rosa.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

4 comments

  • La seduccion solapada pero pertinaz de La Reina, es un logro de alto vuelo logrado por el autor. El guia con sus atributos viriles y su rudas formas no son mi mas ni menos la mas adaptada realidad gestual propia de tanto Juanes en las riberas de rios y paisajes minuciosa y magistralmente descriptos. Cuento en el cual el lector es un turista mas. Realidad que elegantemente al final abre paso a una ficción embriagante. Felicitaciones RLS por abstraerme de la cotidaniedad, pero, en este momento en un paisaje sublime, El Rodeo, parte del bello Catamarca, lugar (si no mal recuerdo), cuna de la abuelita de RLS. Abrazo!

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    • Gracias Ramón por dejarte llevar por la invitación a la lectura de este cuento. El Iberá es una puerta a la fantasía como lo es todo el litoral donde la fabula, la historia que va de boca en boca, las creencias en lo que no se puede explicar, forman parte de lo cultural. Quien es ave de paso en esos parajes se contagia y de pronto… escribe.
      Disfruta de Catamarca, tierra de mi abuela Lucía. Abrazo

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  • Un cuento muy bien logrado. Comenzando por el título que invita a descifrar la incógnita subyacente. La foto que encabeza, traslada al lector al ambiente de los hechos; además de permitirme intuir que la hermosa toma es el disparador que logra este cuento…, desde la imagen a la historia. Ricardo, sensible e interesante el regalo de tu imaginación. El escritor está diciendo mucho más de lo que se puede medir en sus palabras. Por esto, Juan y Reina son una metáfora recreada de una analogía atemporal y sin espacio. Instinto. Cebo y trampa. Y luego la víctima. Juanes y Reinas hay muchos. Basta una. Con una ridícula sombrilla rosa.

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    • Gracias Silvina por tu comentario no exento de prosa. El disparador fue la realidad misma. Una noche en los esteros, en la que conocí estos dos personajes a quienes bauticé con los nombres de Juan y Reina. Los imaginé envueltos en una trama de deseo con un desenlace marcado por la imagen enigmática de ella. La figura de la “viuda negra” tiene un lugar formal en la criminología, alimentada habitualmente en cuestiones como los celos, la codicia, el rechazo y un motivo especial como es el poder. Al lector le tocará adivinar que mueve a Reina a tejer su telaraña en torno a un personaje sencillo, como Juan.

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