INSTINTO (Cuento)

El destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y de la voluntad

Giovanni Papini

“Tenés instinto pibe”, repetía el Maestro.

“Uno-dos, uno-dos. No te olvides de la técnica, pero escuchá siempre tu instinto cuando te dice si hay que aguantar, escapar o atacar. Nace desde acá pibe, desde tu estómago, es como un volcán que escupe fuego. Pibe, no traiciones tu instinto. Uno dos, uno dos”.

Los muebles tiemblan cuando el tren pasa. El vino salta en el interior del vaso apoyado sobre la mesa, que vibra sobre sus cuatro patas. Él, apoya las manos pesadas sobre los bordes de la tabla como temiendo que se escape en el último vagón. El tren se aleja rápido y batiente, hasta que el movimiento cesa. Toma el vaso y sorbe un poco.

El hombre que se precia de tal,  debe saber tomar. El pendejo chupa y se mama, mientras que el hombre, bebe pausado, a su tiempo, saborea el vino y deja que el cuerpo y la cabeza se calienten de a poco, no perdiendo nunca el control. La cabeza y el cuerpo tienen que estar siempre ágiles para responder con buenos reflejos, de lo contario la vida lo puede noquear a uno, sin darle la posibilidad de volver a levantarse. Lo agarra indefenso ahí, con la guardia baja y se lo lleva puesto.

La vida trae cosas buenas, si uno sabe ganarlas pero después, si uno se descuida, también las puede quitar. Así de rápido, en un pestañear.

En las tardes de guantes, al lado Maestro, en la consideración ganada ante los demás, ahí se empiezan a dar las buenas. Aprender a separar bien las piernas, los pies en posición, la guardia armada en buena defensa para no dar flanco libre por el que la vida lo pueda a uno agarrar mal parado.

Hasta el Viejo aprende a respetar.

El tipo también sabe tomar; un domingo cualquiera arranca a las once y le mete parejo en el asado, en las cartas y termina por la noche enterito, como si nada. Se levanta como un toro y se lo ve caminar derecho con la cabeza arriba, no como otros borrachines que amanecen en medio de sus vómitos. El Viejo es hombre y sabe chupar como es debido. Lástima que la mayor parte de las veces es realmente un jodido que sabe hacerse odiar.  Creo que ahora ya no tengo ganas de sentir nada por él. Lo que pasa, que cuando a uno lo pasan por arriba sin dar tregua uno odia y se pasa el día odiando. Pero después, cuando las cosas vuelven a su lugar, es distinto. El otro aparece como mas chiquito, no mete miedo y entonces uno termina preguntándose ¿para qué seguir odiando si es un pobre tipo?

Si algunos recuerdos quedan del Viejo, el que no se olvida es el de la puta lonja del cinto. ¡La mierda que duele! Ahora mismo que se siente ardiente en el culo como que acabara de ser sacudida. Se ve venir pero no hay forma de escaparle. El Viejo parece medir como dos metros y los críos somos como ratas que disparamos para ponernos a salvo de la lonja que silba buscando las nalgas. Siempre el estampido sobre la piel y ese dolor que quema.

A la distancia uno se da cuenta que lo que más duele no es el lonjazo, sino que es el corazón que se estruja por la impotencia de no existir espacio para merecimientos, justificativos o atenuantes. Uno es un nudo de lagrimas y mocos con un yunque en el pecho que no deja respirar. Y se desea con ganas que un rayo lo parta en cuatro. Uno se convence que la verdadera razón del castigo son las ganas del Viejo dé se haga lo que él manda. Se mastica injusticia y la impotencia hace que uno odie sin límite. Se sueña con un poder superior que se haga cargo del asunto y lo fulmine. Cuando en las noches desembarcan pensamientos oscuros ninguno se compara en maldad con el Viejo. A mis primos no los amenzan con que el Cuco los va a llevar si no duermen, sino que les dicen que el Viejo los va a correr a lonjazos.

Uno crece y se anima a plantarse de frente, cansado ya de tanta resignación, pero el Viejo es un oso con manos que hacen doler más que la lonja del cinto. Si la Vieja no se interpone cuchillo en mano capaz que hoy no la cuento. Tipo realmente jodido.

De a ratos sin embargo, se crece con buenos momentos. Al volver de la escuela, la vida es el plato caliente que prepara la Vieja y las perrerías con los hermanos. Pero cuando llega la hora del mate y el Viejo está por regresar, uno anda dando vueltas como un perro tratando de rajar para donde lo dejen.

Hasta que la vida da una bocanada de aire fresco. Abre la puerta al gimnasio y ahi como centro del universo esta el Maestro.  Él ve como uno se para y le pega a la bolsa y ahí nomas, casi sin un porque, le da su atención. Uno siente que verdaderamente existe. Le acomoda el perfil, le hace abrir las piernas, le pide un uno-dos, uno-dos y lo aprueba. “A ver pibe”, y mira los brazos flacuchentos y dice que son largos, que hace falta un poco mas de polenta, pero que pintan bien. Y como le da bola aprende rápido. Y si no sale un movimiento no sacude con el cinto, sino que apoya ” ¡dale flaco que sos igual a Monzon!” y entonces uno se agranda y le da todo lo que tiene. El mundo ahora son jab, clinch y “apercat”.  Uno vuelve a casa feliz haciéndole fintas a las columnas, se come hasta lo que no hay y se desmaya en la cama antes de darse cuenta de lo cansado que está. Y parece mentira, pero hasta el Viejo se pone menos jodido.

Ya no interesa ir a la escuela, solo se sueña despierto peleándole a la vida en un ring inmenso. Y el Maestro dice que ya está para sparring y llega el momento de conocer la gloria. Aguanta en un costadito del cuadrilátero con la guardia cerrada para que no entren golpes, como dice el Maestro.  Pasan un par de minutos, aguantando y esperando siempre con las piernas abiertas y bien plantadas hasta que uno ve una brecha, la ve y le aflora algo de adentro. Y entonces uno saca un directo que se estampa en la jeta del tipo que queda un instante como si fuera congelado en una foto. Siente entonces que le explota un volcán escupiendo fuego por los puños y acto seguido tira enajenado un jab seguido de un “apercat” y uno-dos, uno-dos, hasta que el otro se desparrama con las patas para arriba como un pollo de supermercado. Escucha los gritos de triunfo de los otros pibes, ve la cara de sorpresa del Maestro y encuentra en sus manos, la gloria. Por fin la vida muestra que hay cosas buenas. Ahí nace el respeto, el de uno y el de los demás. Mientras, el Maestro le regala más tiempo, tiempo lleno de consejos, como un padre. Porque uno es la promesa.

Y al fin la vida decide quitarle los grilletes. El Viejo que pide otra botella y por esas cosas que la cabeza de uno está de viaje en otro lugar, no escucha y cuando escucha no quiere recibir órdenes y cuando el oso se levanta y se saca el cinto uno sabe que ya no es una rata y entonces separa las piernas, se perfila, cierra los puños y se pone en guardia esperando el embate. El Viejo se frena y medio que se sorprende, medio que piensa, deja el cinto sobre la mesa y larga un golpe con el puño cerrado que muere en el antebrazo de una defensa bien armada. Vuelve a repetir el golpe con la derecha  pero deja el brazo izquierdo bajo. En el club lo hubiesen tomado por un paquete ahí parado de frente, sin proteger el flanco, tratando de meter una mano por donde no se puede pasar. Ahí a uno se le encienden las entrañas y descarga uno-dos, uno-dos, uno-dos, hasta que el Viejo se desploma como si tuviese pies de barro, con sangre brotando a chorros por la nariz y la boca, pero cuando uno se le va encima para rematarlo, él se acurruca cubriéndose la cara con los brazos como una rata acorralada. Y hay gritos y la Vieja que lo para y es otra jornada de gloria. El Viejo ya no vuelve a joder y la lonja del cinto queda ahí, solo como un mal recuerdo. Ahora el sabor de la injusticia no es amargo porque hay un bálsamo que se llama respeto. Respeto bien ganado.

Otro tren que pasa, la mesa que tiembla sobre sus cuatro patas, el vaso que se mueve, pero no hay vino dentro. El tren se aleja rápido y batiente. Se aferra a la mesa hasta que cesa el movimiento.

Por encima de cualquier otro bien, lo importante en este mundo es ganarse el reconocimiento de los demás para vivir realmente con hombría, pero no lo es menos el saber cuidarlo, no dar espacio a que nadie se lo quite a uno, porque por algo está bien ganado. Las palabras del Maestro parecen grabadas a fuego y retumban ahora en la cabeza, “escuchame bien pibe,  que el respeto se gana acá arriba del cuadrilátero y no en la calle en juntas de borrachos. Si alguna vez tenes que hacerte valer fuera de acá, asegurate que valga la pena”.

El nombre de un hombre no tiene que estar en la comidilla de las comadres de barrio, porque luego las gentes que le prestan oreja a esas historias pierden el respeto por uno y empiezan a ver a un pobre tipo y cuando eso pasa, ya no se es nada.

Ella, como muchas otras, es como esos dibujos que según como se los mire pueden ser una mujer hermosa o una bruja vieja. Y no es que cambien, siempre tienen esa doble cara, lo que pasa es que uno no se da cuenta y mira lo que quiere ver. Quiere uno ver a la mujer hermosa y  ella al que es bien hombre, de los que saben cuidar a una mujer y ganarse un lugar entre otros hombres. Ella quiere salir del agujero de mala muerte en que vive y uno la quiere sacar, darle otra vida, esa que sonríe y que dan ganas de disfrutar. Y llega el momento de tener una sonrisa durante el día y también en las noches. Uno quiere correr siempre a ella como aquellas tardes en que volaba al gimnasio para encontrar ese otro mundo de libertad. Ella quiere dar un hijo y uno entonces también lo desea, pero ella tiene las vísceras flojas y no puede retener una vez y otra tampoco. Las noches se hacen frías y entonces se busca calor en otras camas, pero siempre con respeto, sin dejar que el nombre de su mujer sea comentario de las gentes. Uno no necesita hacer alarde de hombría para mantener la consideración ya bien ganada entre los pares.

Pero alguien que siente respeto por uno avisa, cuidándole el buen nombre que nadie le ha regalado. Lo piensa y acepta que no cuadra la actitud de pobre tipo que se desespera por la supuesta traición, sino que uno, que es hombre especialmente cuando no se anda de buenas, solo está atento y espera. Y ahora sí, cuando ya no hay lugar para las dudas, ella muestra al fin su imagen de bruja, la que existió desde un principio, pero que uno no estaba con ganas de ver. En un comienzo niega con descaro, pero luego vomita una catarata de mierda, y habla estupideces de soledad, de pobreza, y de falta de hombre. ¡De falta de hombre! A uno que se ha ganado la consideración de todos y a quien ella insulta poniéndolo a la altura de un pobre tipo. Una cachetada para ponerla en su lugar y ella que grita ¡Cornudo, si, cornudo! y retumba mil veces en la habitación, más que el tren que pasa rápido y batiente. Quizás las comadres apoyadas en las ventanas esfuerzan el oído para no perder palabra y entonces ya nadie puede apagar el volcán que explota escupiendo fuego, porque la vida quiere robarle el respeto. La vida le tira golpes que lo agarran con la guardia baja, pero aparece el instinto como un volcán que escupe fuego desde el estomago y entonces uno no lo traiciona. Larga uno-dos, y no hace falta más, porque ella con la cabeza torcida vuela como una pluma quedando quieta en un costado del cuadrilátero. Uno se queda mirándola, allí acostada con los brazos abiertos, la cabeza ladeada y la sangre que comienza a inundar su rostro. No hay gritos de triunfo, pero uno sabe que el respeto está a salvo.

Otro tren que pasa, la mesa que tiembla sobre sus cuatro patas, el vaso aún vacío que se mueve. El tren se aleja rápido y batiente.

Él acomoda el vaso y pone vino solo hasta la mitad, como siempre.

lopezsanti

Medico cardiólogo Apasionado de la fotografía, la musica y las letras

2 comments

  • Instinto de supervivencia. La vida es un cuadrilátero, como puedes armas tu guardia, pero siempre necesitas un tutor, un Maestro, es como el sarmiento al viñedo. A golpes se hacen los hombres!, a esta altura es metáfora tanto para hombre o mujer, genéricamente. Buen manejo de los tiempos y descripciones de escenas y personajes.

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